María Rosa Cortón, la clave humorística de Jardiel Poncela

La sarriana amamanta al escritor y éste ve en ella la justificación para hacer reír

EL MATRIMONIO FORMADO por Enrique Jardiel Agustín, delineante de Obras Públicas a la par que cronista de sucesos y luego parlamentario, y Marcelina Poncela Ontoria, maestra y pintora, inicia su andadura común en la parroquia madrileña de Santa Bárbara el 29-XII-1894.

Se instalan en la travesía de Belén y tienen tres hijas sucesivas, María del Rosario, Angelina y Aurora. Cuando ya se han trasladado a la calle del Arco de Santa Ana, llamada hoy Augusto Figueroa, el 15 de octubre de 1901 tienen un cuarto retoño, un varón, que como habrá adivinado el lector perspicaz, será más adelante el muy popular escritor Enrique Jardiel Poncela, sinónimo de humor en todas sus novelas, obras de teatro y columnas periodísticas.

Antes de la llegada de Enrique, el matrimonio pierde a Aurora, cuando la niña tiene dos años, y por ese motivo Marcelina cree conveniente que le ayude en la crianza un ama, una opción muy habitual en esas fechas cuando la casa es pudiente, haya o no causas reales que la justifiquen.

Dentro del honroso cuerpo de las amas de cría, muchas de ellas dedicadas a la alimentación de huérfanos y expósitos, destacan por fama contrastada y por abundancia en la oferta, las gallegas.

Marcelina se pone manos a la obra y de no tener otra fuente de información a mano, lo lógico es pensar que haya acudido a las secciones de los periódicos donde estas mujeres se brindan, como en la contraportada de El Heraldo de Madrid. La localización en la prensa de la mujer que se contrata en la casa de los Jardiel Poncela es la tarea de la aguja y el pajar, sin embargo hay un anuncio en El Heraldo que por la fecha y por su redacción reúne los requisitos para ser el correcto, y se non è vero, è ben trovato.

Dice así: “AMA DE CRIA gallega, de 22 años, casada, leche de seis semanas, desea para casa de los padres. Informarán: Ronda de Toledo, 10, carbónª”.

El escritor, al que en ese tierno momento llaman Potito _ otro chiste tratándose de amas de cría _, recuerda dos datos fundamentales de la mujer, su nombre y su procedencia, es decir María Rosa Cortón (Sarria, 1879). El año se lo añadimos nosotros haciendo bueno el anuncio de marras.

Mucho tiempo después, cuando en 1928 publica Amor se escribe sin hache, el escritor explica la importancia en su vida de la sarriana María Rosa: “Definir el humorismo es como pretender clavar por el ala una mariposa utilizando como aguijón un poste del telégrafo. (…) El admirable maestro en el género, Wenceslao Fernández Flórez, a quien tanto debe la exquisitez literaria española, y que con los proyectiles de sus obras ha abierto un boquete inmenso en la ñoñería, en la pedantería y en la ridiculez antes dominantes, dijo en una interviú que sólo los que nacen en Galicia pueden ser humoristas. En un principio esto me aterró pues ya he dicho que soy madrileño. “¡Dios mío! _ gemía angustiado _, ¿por qué no me hiciste nacer en Galicia? ¿No comprendías, con tu suprema sapiencia, que haciéndome nacer en Castilla me chafabas para siempre el porvenir artístico?) Fueron unos días dolorosos. Pero felizmente me tranquilicé en seguida al recordar que mi ama de cría era gallega, y entra, por tanto, en lo probable que al transmitirme el jugo de sus pechos, me transmitiera también la cantidad de galleguismo necesaria para ser humorista. Y desde entonces vivo tranquilo.

Aquella noble mujer, cuyo paradero ignoro, se llamaba María Rosa Cortón, y era de Sarria (Lugo). Vaya una memoria, ¿eh?”

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