Dom Mauro, el abad de Samos por antonomasia

Permanece 47 años al frente del monasterio de donde nace y fallece, tras recuperarlo de un incendio devastador

FUE DURANTE CUARENTA y siete años, de 1930 a 1977, el abad mitrado del Real Monasterio de Samos, es decir, superó en once el tiempo que permanece Franco en el poder, según dónde se inicie la cuenta de uno y otro.

Mauro Gómez Pereira (Samos, 1895), bromeaba diciendo que no sabía dónde había nacido, porque cuando naces “no tienes sentido y debes fiarte de lo que te dicen”, como escucha de sus labios Paco Rivera, un tanto incrédulo de que todo un abad recele de la palabra de sus padres.

La broma, porque lo es, no impide que algún lector pueda pensar que este hombre era especial. ¿Por desconfiado? Sin duda, pero también por tenaz y perseverante.

Sus padres y los de sus siete hermanos son Manuel Gómez Neira y Juana Pereira García, labradores. Su vida gira por completo en torno al monasterio, no solo porque nace en sus proximidades, sino porque allí recibe la primera enseñanza y en sus aulas estudia Humanidades y parte de Filosofía.

En 1915 es destinado a Chile, donde vive seis años y donde se ordena sacerdote para ser rector en Puente Alto, (R. Metropolitana de Santiago) y dar clases en una escuela de la orden.

Tras su estancia en Chile, lo envían a la universidad romana de San Anselmo, que lo doctora en Canónigo y Civil. En la capital italiana es secretario de la curia benedictina hasta 1930, cuando lo nombran prior de San Salvador de Lourenzá, aunque en Vilanova no llega a cumplir el año, porque entonces se produce el siguiente y último nombramiento de su vida como abad del monasterio donde había nacido.

Una de sus primeras iniciativas es la creación de una comisión con el objetivo de que Samos reconozca y se vincule al más ilustre de sus huéspedes, el padre Feijoo. Para dom Mauro es inconcebible que la eximia figura científica de Feijoo no tenga en el monasterio una presencia dominante, y así nace el comité presidido por Gregorio Marañón que dará como principal fruto la estatua sedente del sabio sin que lo parezca, cincelada por Asorey al estilo de la de Nebrija, y sobre todo, de quien transforma con su nombre el colegio de Santiago Alfeo, el pensativo Alonso III de Fonseca.

Pero los acontecimientos quieren que dom Mauro tenga que enfrentarse, no ya con la obligación de pagar una deuda histórica, sino con una mucho mayor, como es la reconstrucción del monasterio tras el incendio de 1951.

Una imprudencia cometida por el padre encargado de la fabricación del Licor Pax provoca una explosión y unas llamas consiguientes que alcanzan a buena parte de la abadía.

Don Mauro calcula unas pérdidas de entre los dos y los tres millones, pero esos presupuestos pueden despistar al lector actual, ya que la destrucción del edificio es realmente de calado y para remediarlo se necesita una voluntad como la del abad, el hombre idóneo que obtiene caudales donde no los hay, sin olvidar la brillante y barata aportación del padre arquitecto Monleón.

El “ora et labora”, que predica la orden, lo expresa dom Mauro diciendo que “en este mundo todo tiene remedio”. Le faltó añadir, “menos la muerte”, pero es que a él aún le quedan por delante casi dos décadas para recibir en su pecho la Gran Cruz de Isabel la Católica de manos de Fraga, cuando en agosto de 1965 da un salto desde Perbes. Fue gracias a la suscripción que promueve Lobo Montero.

Gómez Pereira muere en 1977, cinco años después de delegar en el abad administrativo Germán Martínez y Martínez a causa de la diabetes, aunque el mitrado sigue siendo él.

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