José Antonio Iglesias, un guardia en el Congreso el 23F

El monfortino vive en directo el secuestro y 30 años después se cita con un diputado para devolverle algo que le pertenece

HACE CUARENTA AÑOS José Antonio Iglesias (Monforte de Lemos, 1951), entraba en el Congreso de los Diputados inmediatamente después que el teniente coronel Antonio Tejero. Él era un guardia civil destinado en Arganda del Rey.

Como estudia BUP, acabado su turno, aquel 23 de febrero piensa dedicarlo a descansar y a preparar un comentario de texto de Pío Baroja. Pero los planes se tuercen. Le ordenan que se incorpore a Príncipe de Vergara con siete compañeros.

De allí los trasladan a la Carrera de San Jerónimo sin saber muy bien para qué. Comienza su participación en uno de los acontecimientos que marcan la moderna historia de España.

Nace en San Pedro de Sindrán y estudia en los Escolapios. Se define como un bala. Garbo también lo era y después, ya ven. Pronto se traslada con la familia a Sarria, donde hoy vive, y en 1976, después de seis años trabajando en Inglaterra, entra en el cuerpo sin demasiada vocación, pero con la seguridad de que complace los deseos de su padre, miembro también de la Benemérita que morirá atropellado en A Cañiza.

Los periodistas Manuel Darriba y Joaquín Prieto han escrito sendas narraciones de aquellas 24 horas a través de los recuerdos de José Antonio, que son vívidos, en consonancia con la fecha.

Dentro del Congreso se sitúa a la derecha de la tribuna de oradores, al menos, al principio. A Darriba le aclara que “los primeros disparos no fueron en la Cámara, esto nunca se dijo”.

Distingue a Juan José Rosón, ministro del Interior en funciones. Dos días antes ha estado con Luis Rosón, su hermano, que le ofrece la posibilidad de pedir un traslado a Sarria, pero él lo rechaza. Está bien en Madrid, mucho mejor que en Asturias, donde ha servido antes.

Se acerca a Juan José, al que no conoce, pero le dice: “Manda carallo, dónde nos vamos a ver usted y yo”. Le trae tabaco _ dos paquetes de Malboro _, porque el ministro está nervioso. Es consciente de que en un golpe de estado puede suceder cualquier cosa.

Iglesias se mueve como Perico por su casa. Entra, sale; le echa un ojo al Hotel Palace, telefonea a su mujer desde una cabina y saluda al diputado sarriano Antonio Díaz Fuentes. En la sala de los relojes ve confinados a Felipe, Guerra, Carrillo, G. Mellado y R. Sahagún.

Tras cinco horas de encierro, otro de los diputados, el socialista catalán Lluís Maria de Puig Olivé, hermano del secretario de Tarradellas, abre el libro que lleva encima _ “La poesía de Rafael Masó” _, y escribe sus impresiones en una de las páginas en blanco. El teniente César Álvarez lo ve y le grita que allí está prohibido escribir.

Tejero le arrebata el libro y lo deja en una mesita, al pie de la tribuna, donde queda todo el secuestro. Hacia el final, Iglesias toma el libro y le arranca la hoja escrita, la guarda y deja el ejemplar. No sabe a quién le pertenece, pero actúa, dice, por seguridad.

Hace diez años, treinta después del 23f, se difunde el acta del Congreso y en ella se descubre la identidad del diputado, lo que permite a Iglesias saber quién es el propietario de aquella página que él conserva. Llama a El País y les cuenta que desea devolvérsela a Puig, como así ocurre frente a la fachada del Congreso.

Para el monfortino es algo más que una reconciliación. Muchos años antes, siendo presidente de Sintel, Rosón le facilita trabajo.

Ya jubilado, José Antonio se convierte en activista de la Plataforma Sarriana polo Río y se encadena al Malecón de donde lo arrastra la Guardia Civil. Ya lo dijo él, un bala.

Un comentario a “José Antonio Iglesias, un guardia en el Congreso el 23F”

  1. Moncho

    Esto demostra, o informados que estaban os Garda Civiís que participaron na algarada que tanto medo nos puxo no corpo.

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