Evaristo Varela, inventor del movimiento continuo acuático

El zapatero de Lugo propone el Salto Submarino como solución energética para todo tipo de buques

RACHA DE INVENTORES. Después de conocer los casos de Enrique Ares y José de Cora, abordamos hoy la vida de otro peculiar inventor, Evaristo Varela Pereira (Lugo, 1873), cuyo nombre no veremos entre los grandes por culpa de Arquímedes.

Evaristo es zapatero, como su padre. Vive en Ruanova, 29, pero su negocio de zapatería y salón de limpia botas lo tiene establecido en la calle del Conde Pallares nº 2 _antes Traviesa _, durante la primera década del siglo XX.

Luego se trasladará a la de Emilio Castelar nº 8, frente al Teatro Circo, al lado del Café España, como se encarga de anunciar a bombo y platillo con toda minuciosidad para no perder clientela y ganarse una nueva. “NO CONFUNDIRSE _ concluye Evaristo _ Castelar, 8, (antes Estación)”.

En ese tiempo sufre un gran disgusto, pues forzándole la cerradura de la puerta trasera, alguien le ha robado 30 duros que guardaba en el cajón del mostrador. Tras unos minutos de meditación es detenido uno de sus operarios, al que naturalmente despide al instante.

Gracias a un folleto que en noviembre de 1925 encarga a la Imprenta Palacios de Obispo Izquierdo, nos enteramos de que a la vuelta de un viaje a América se proclama propositor “del invento Salto Submarino”. En román paladino, que propone desarrollar una idea que se le ha ocurrido.

¿Qué es el Salto Submarino? Evaristo lo define como un “invento para navegar los buques de guerra o mercantes, por grandes y gigantes que sean, pues cuanto más calado aquellos tengan, mejor resultado dará el procedimiento en la práctica”.

En principio suena bastante bien. El inventor _ o proponedor _, quiere darle publicidad para que se enteren gobiernos, ingenieros, empresas y particulares de todo el mundo, ya que él no cuenta con recursos para llevarlo a la práctica, lo cual se entiende cuando se conoce en qué consiste el Salto.

Avanzamos un poco más y descubrimos que un buque dotado con su sistema no precisa carbón, ni gasolina, ni ningún otro combustible, excepto la propia agua por la que navega.

¿Cómo? Atento el lector. De proa a popa, “por debajo de la línea de flotación, se colocará un tubo/canal de un metro de ancho y dos de altura para instalar en él una turbina que al funcionar por la acción del agua ponga la nave en movimiento”.

¡Equilicuá! Si el agua cae por ese conducto, a su paso moverá la turbina y el barco andará. Así de sencillo. La turbina, que ha de ser de hierro o acero, se colocará en el centro y tendrá cuatro metros menos que la eslora. “porque el agua no debe salir antes del timón y por debajo del mismo con un 5% de desnivel”.

El señor Varela añade alguna observación más, pero todas ellas se formulan con el mismo desprecio por las leyes físicas sobre la presión de los líquidos elementos que ya estudió Arquímedes y con parecido olvido sobre la fuerza necesaria para mover una turbina, etc, etc.

Eso sí, “todos los buques tendrán motores de gasolina en cubierta para que al funcionar den velocidad al agua en el canal”. Una precisión que nos deja un poco mosca, porque si necesitamos gasolina para dar velocidad al agua, ¿por qué no la utilizamos directamente en dar velocidad al barco?

¡Ah! Se explica después: “Se suprimirán los motores que dan el primer impulso de la marcha del buque y este seguirá con la turbina agregada a la maquinaria continuando su marcha”.

Es una lástima que las leyes físicas se interpongan entre don Evaristo, fallecido en 1930, y este mundo del movimiento continuo, porque el ahorro sería bárbaro.

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