Vicente Fernández, el padre de Juana de América

El de Lourenzá emigra al Uruguay con 17 años, donde lee a su hija poemas de Rosalía

CON 17 AÑOS, Vicente Fernández Rodríguez (Lourenzá, 1853), parte de sus tierras lucenses. Quizás ya conoce los Cantares gallegos de Rosalía. O lo más probable, se encontrará con ellos en su destino, la ciudad uruguaya de Melo, donde también conoce a Valentina del Pilar Morales Sánchez, con quien se casa en 1880 para ser padres de varios niños que no sobreviven, hasta que en 1882 nace Basilisa, y en 1892, Juana Fernández Morales.

Esta segunda hija, a través de su matrimonio con un capitán vasco francés llamado Lucas, se convertirá en Juana de Ibarbourou, Juana de América, como la bautiza el escritor José Santos Chocano y como la distinguen a través del acto celebrado en el salón de los Pasos Perdidos del Palacio Legislativo, el año 1929.

El matrimonio de Juana con Lucas Ibarbourou, que la hará mundialmente conocida, es una ceremonia civil, dado el anticlericalismo de Vicente, que no está dispuesto a consentir que su hija suba al altar, pese a que Juana se declara fiel creyente.

Ninguno de los dos matrimonios, ni el de Vicente, ni el suyo, aguantan el paso del tiempo y cuando en 1932 su padre agoniza, las dos hermanas y Valentina, su exmujer, van a cuidarlo aunque él ya ha formado otra familia. El de Juana, salta hecho añicos por los celos del capitán ante la avalancha de admiradores de su mujer y los rumores de amoríos que nunca fueron confirmados.

Pero Lucas le pega y la bella Juana pasa página hacía nueva compañía.

Dionisio Gamallo Fierros escribe emocionado que Vicente Fernández le ha leído a su hija la poesía de Rosalía de Castro y así lo cuenta en 1963, cuando está a punto de inaugurarse la biblioteca de Vilanova que llevará el nombre de la poetisa y de donde saldrá una arqueta de tierra para ella.

La deducción es incontestable. En Juana influye la obra de Rosalía. Y no es simple pasión de erudito gallego lo que le hace hablar así al ribadense, pues en las dos autoras palpitan sentimientos paralelos.

“Muchas de sus predilecciones temáticas coinciden con las de los líricos de la ancestral tierra de su padre”, dice Gamallo y ella lo corrobora en la conferencia que pronuncia en 1925.

Al menos dos veces también escribe sobre su padre. Una, en el discurso de recepción en la Academia de Letras del Uruguay (1947), y otra, en un posterior artículo que publica Lar, de Buenos Aires (1957).

En la primera ocasión dice: “Era español mi padre y sentado en su sillón hamaca, bajo el rico dosel del emparrado, solía recitar enfáticamente los cantos de Espronceda y las dulces quejas de su nemorosa Rosalía. Nunca conocí fiesta mayor. Y ahí está lo que puede llamarse la génesis de mi vocación poética, o, con más propiedad, el comienzo de su ejercicio”.

“La voz querida _ dice Juana en Lar refiriéndose a don Vicente _, entona una cántiga gallega o me habla de bruxas y endriagos, y me recita versos en los que es frecuente una palabra que me ha estremecido siempre, porque la traje en la sangre: Morriña…”

Y añade: “En Santa María de Villanueva de Lorenzana, valle hermoso como un retazo del paraíso, nació mi padre, que tenía, como buen celta, el amor de la verde tierra, que luego cultivó en América. Su casa era un molino, y el polvo del trigo triturado cubrió sus frescas mejillas de muchacho”.

“Después fueron el Continente nuevo, la esposa criolla y los hijos morenos. Ninguno heredó el cabello y los ojos grises que él se trajo de su patria. Yo lo lamento siempre. Sí, pero heredamos su amor por Galicia, la devoción, por el Apóstol, el respeto por su raza”.

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