López Arribas, o cómo robar a Hacienda

El funcionario de Bóveda participa en lo que suponían iba a ser el golpe del siglo

DENTRO DEL CAPÍTULO de lucenses destacados, pero no ejemplares, debe figurar Manuel López Arribas (Bóveda, 1875), aunque sólo lo haga en grado de tentativa. Después de todo, su paso por el mundo de la delincuencia le vale ser protagonista de una columna de Manuel Bueno, el periodista que hiere en el brazo izquierdo a Valle-Inclán y acaba por dejarlo manco.

Su tocayo Manuel había nacido en Santiago de Rubián, pero el año 1911 ya se considera un madrileño más. Un error de cálculo impide hablar de él como uno de los más grandes ladrones del mundo a través de lo que podría haber sido el golpe del siglo en España. Conozcamos qué ocurre.

Ricardo Oseti, alias Ricardo el Marino, también dice ser Pedro Camacho Navarro. Tiene 50 años y durante ese medio siglo ha coleccionado un historial nutrido de delitos, como un robo de sellos del que se habla mucho. Su cabeza es una fábrica constante de proyectos destinados al fácil enriquecimiento, pero ahora, en 1911, cree haber encontrado el definitivo.

Es un plan sencillo, piensa, pero necesita colaboradores y uno muy destacado tiene que ser a la fuerza López Arribas, hasta ese día, un honrado funcionario.

Menos limpieza de expediente tienen Ricardo Martín Juzgado, de 44 años, natural de Venta de Retamosa (Toledo); y Carlos Torro Sitoage, un valenciano de 42 tacos. Con ellos ya ha hablado y están de acuerdo.

¿Qué hace de López Arribas una pieza imprescindible para el golpe? Muy sencillo, el de Bóveda es portero del Ministerio de Hacienda y ese emblemático edificio es precisamente el objetivo que Ricardo el Marino pretende desvalijar. ¡Hacienda! ¡Qué locura! ¿O no lo es tanto?

Ricardo ha puesto el ojo en la Caja de la Tesorería Central, establecida ahora en el patio derecho del ministerio, donde se custodian depósitos, fianzas y reintegros que allí permanecen hasta ser conducidos al Banco de España. Además, la Tesorería custodia valores públicos de la Deuda, al portador, títulos pendientes de liquidación de cupones… Una pasta gansa.

Ricardo sondea a Manuel y comprueba que es terreno abonado para que participe. Charlan varias veces en una taberna de Concepción Jerónima y establecen el plan. Manuel debe hacerse con los moldes en cera de las llaves que dan acceso a la Caja. El resto es cosa de Ricardo y de los otros dos compinchados.

Manuel cumple su cometido y en unas semanas ya existen copias de todas las llaves, pero en ese tiempo a Ricardo se le cruza por la cabeza la necesidad de contar con otro funcionario del ministerio, Ramón Ochogavía, de 22 años, cobrador de la Tesorería Central. Habrá dinero para todos y con esa incorporación se garantiza el éxito del robo.

Ramón pide tiempo para pensárselo, pero en realidad ya ha decidido ir con el soplo a la policía, de modo que Fernández Llanos, el jefe superior, el ministro y el presidente del Gobierno ya están en el ajo.

La delicada situación de Ochogavía obliga a actuar cuanto antes. Se vigila a los implicados y tres inspectores se esconden en los alrededores de la Caja para observar las manipulaciones de Manuel cuando se cree solo.

Al ver que comprueba la eficacia de las llaves copiadas y que éstas abren las cerraduras, caen sobre él y lo detienen. En horas son capturados uno a uno los otros tres.

Ahora deben proteger a Ochogavía porque ha sido amenazado de muerte y es posible que Ricardo tenga cómplices fuera de la cárcel.

Bueno escribe: “López meditó, muy cuerdamente por cierto, que el dinero no debe estar ocioso y se disponía a ponerlo en circulación”.

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