Buón y Coya, el sacerdote poeta e improvisador

El religioso de Mondoñedo también fue violonchelista de aquella catedral

LENCE-SANTAR LO incluye entre los poetas de Mondoñedo y la fama que arrastra Francisco de Paula Buón y Coya (Mondoñedo, 1838), es que improvisa y versifica con una gran facilidad. Dice que era capaz de hacerlo mientras toma un café, o de paseo, como si no quisiese darle importancia a sus versos.

Es más, la misma fama que se repite desde su trágica muerte, como veremos, es que mantiene conversaciones en verso con gran fluidez, por lo que debemos suponer que su contertulio también lo hace.

Era hijo del organista de la catedral, Tomás Buón, y de Manuela Coya. Recibe una doble educación, pues mientras estudia en el Seminario de su ciudad, don Tomás lo instruye en música.

El resultado de esas clases también es doble, pues se ordena el 30 de mayo de 1863 y llega a ser presbítero y violonchelista de dicho templo.

Cuando cumple los 34 años, la mañana del 14 de agosto de 1872, se encuentra en Foz y se dispone a regresar a Mondoñedo, para participar en las vísperas de aquella tarde. Antes de emprender viaje, tentado por el calor, aprovecha su presencia al lado del mar y se da un chapuzón en la ría, pero algo va mal, porque o no sabe nadar, o se introduce en alguna zona peligrosa, y el resultado es que fallece ahogado.

Su entierro tiene lugar en el propio cementerio de Foz. Uno de los pocos versos suyos que se conservan, canta también una trágica muerte: “Mi hermosa niña murió. / Voló al Cielo su alma bella. / Ni pudo perder más ella. / Ni pude perder más yo”.

Otro poeta y sacerdote de Vilalba, también estudiado por Lence-Santar, el párroco Xosé María Chao Ledo, tío abuelo de los Chao Rego, le dedica una breve composición al conocer la noticia:

“¡Oh Buón! ¡Oh Buón! / ¿Qué triste impulso te llevó de los mares a la falaz orilla? / Y en brazos de las ondas prontamente / rodando en giros mil la sima tocas / exánime, languiente, / y estrellaste veloz contra las rocas”.

Se sabe que en ese último día estaba acompañado de otro religioso, que al verlo luchar contra las olas, se lanza a nado para intentar salvarlo. Sin embargo, Buón comprende que no podrá conseguirlo y que probablemente ese esfuerzo supondrá la muerte de ambos, por lo que le ruega que no lo intente y que se limite a ejercer como sacerdote, absolviéndolo de sus pecados en aquel trance final, como así hace.

Al cumplirse 22 años de su muerte, la prensa de Mondoñedo lo recuerda con una breve antología en la que figura El Sol del Vaticano, que también habla del mar, de tormentas y de muerte.

La composición fue una de las que escribe “tomando café y charlando”, en este caso, para entregar a la Juventud Católica de Mondoñedo, con motivo del 25 aniversario de Pío IX. Como improvisador se acerca a los regueifeiros que siempre fueron muy bien valorados por el público gallego.

Otros dos poemas de los que se han recuperado se titulan La Redención y La España que muere.

Todas esas razones confluyen para que Buón y Coya sea más recordado como poeta que como músico, pues se cuenta que sus versos pasan de boca en boca viviendo un éxito oral hasta que aparece esa pequeña antología de 1894.

Los errores de métrica que presentan algunas de sus composiciones se atribuyen más a quienes repiten sus versos que a un error propio, pues está considerado como un poeta pulcro y culto.

Fue un hombre de carácter jovial, simpático y generoso, que muere sin poseer la más mínima fortuna, ni siquiera para salvarse de ese fatal accidente que acaba con su vida.

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