Teresa Losada, la monja más querida por los mahometanos

La religiosa lucense se ganó el cariño de la colonia islamista de Barcelona, de cuya cultura era una erudita

EN SU NECROLOGÍA la prensa catalana destacó de ella que había conseguido llevar más musulmanes que nadie a la iglesia católica. Era un juego de palabras porque María Teresa Losada Campo (Lugo, 1943), no había realizado ninguna conversión, pero sí era cierto que muchas personas con fe en el Islam se habían acercado a la iglesia de Sant Vicenç Màrtir, en Sant Vicenç dels Horts, para asistir a su funeral, porque la religiosa lucense había sido para ellos alguien digno de admiración.

Teresa viene al mundo el 13 de abril de 1943 acompañada de su hermana gemela Ana María y juntas van a seguir hasta la muerte, pues las dos profesan como misioneras Franciscanas de María y van a residir en la misma casa, aunque bien es cierto que durante épocas vivieron en distintas ciudades.

Las dos son nietas de Julio Campo Montero, el potentado comerciante de Val do Mao, en O Incio, Julio Campo Montero, parentesco que comparten con las hermanas Tareixa y Marica Campo Domínguez. Su madre fue una hija de don Julio, Ermitas Campo Mourelo, y su padre, Salvador Losada Iglesias, secretario de los ayuntamientos de Triacastela, O Páramo y Becerreá, sucesivamente, aunque a lo mejor no por ese orden.

Las gemelas son apadrinadas por otro hombre cercano a la vida municipal, Manuel López Osorio, depositario de fondos del Ayuntamiento de Lugo, pero su vida va a discurrir por otros derroteros.

En lo que a Teresa se refiere, además de hacerse monja, se doctora en Filología Semítica, con ampliación de estudios en París, Roma, Túnez y Marruecos. Es profesora de árabe de 1970 a 1977, pero abandona su actividad docente para dedicar todos sus esfuerzos en ayudar a los inmigrantes marroquíes, pakistaníes, bengalíes, o musulmanes en general, bastante antes de que los políticos se interesasen por lo que estaba pasando.

En 1975 ya había fundado la Asociación Española de Amistad con los Pueblos Árabes, que desembocaría en la Bayt al-Thaqafa, o Casa de la Cultura, nacida en el 2004 en colaboración con los Germans de Sant Joan de Déu.

“Les ayudamos a integrarse en Cataluña, pero sin perder su identidad _ decía entonces Teresa _. Ahora se habla mucho de interculturalidad. Es una palabra muy de moda. Nosotros intentamos avanzar en este terreno: para llegar a la conciencia de que todos somos iguales y al mismo tiempo, somos diferentes”.

En el 2000 es consultora del Consejo Pontificio para el diálogo interreligioso con los musulmanes y de otras nacionalidades. Su labor es reconocida el año 2002 con la Creu de Sant Jordi.

A partir de ese momento, y una vez declarada la enfermedad que la llevará a la tumba, los homenajes se suceden. Como fue el Día del Migrante de 2011; el Memorial Cassià Just en marzo del 2012 y el premio Emmanuel Mounier.

También en su entierro, en el cementerio de Sant Genís dels Agudells, una joven musulmana habló en nombre de todos para darle las gracias.

Su pensamiento al respecto está condensando en estas palabras que pronuncia años antes de morir:

“En nuestra sociedad se dan, por desgracia, dos actitudes dominantes ante los inmigrantes del mundo árabe: o intentamos asimilarlos o hacemos guetos. El proyecto óptimo estaría definido por la palabra integración, que supone un proyecto bueno por ambas partes. Pero eso no se logra, creo yo. Y para esto luchamos, para que el inmigrante pueda realizar su cultura, pueda practicar su religión, pueda conservar su lengua y sus costumbres, si así lo desea”.

No es tarea fácil, ni aceptada por todos.

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