Los asesores

Los antiguos fontaneros de la Moncloa ya son cofradía

Bienaventurados sean los que asesoran a los que no saben.

No figura entre las bienaventuranzas clásicas, pero al ritmo en que crecen y prosperan, va camino de incorporarse en breve.

El hábitat de los asesores era el de las empresas, pero desde que nos da por poner en los puestos de la administración pública a ignaros funcionales e ignorantes prácticos, se han trasladado por mesnadas a los despachos ministeriales, donde encuentran el alimento y rincones donde aparearse, por lo que su población crece de forma exponencial y han salido de la lista de especies en riesgo de extinción.

Cada asesor es un especialista. Por ejemplo, hay uno en grifos; pero lo curioso es que en vez de llamarlo cuando gotea uno de ellos, lo tienen allí sentado todo el año, cobrando un pastizal a la espera de que se afloje una tuerca. Eso antes lo hacía Paco, que era el jefe de Mantenimiento, y su brigadilla.

Si serán inútiles que se los llevan de fin de semana. Ábalos acaba de pasar uno a todo tren en Canarias y ha ocupado seis suites con los asesores. Menos mal que no se llevó a todos porque entonces no habría P.G.E. _ como dice el cursi de su jefe _, que resistiese.

Ya me imagino al ministro preguntándole al asesor la noche del sábado:

_ ¿Qué me aconseja? ¿Espalda de lenguado al chilindrón, o ragout de cierva ibérica?

_ Ministro, estando en Canarias será mejor visto un lenguadito poco hecho, y acaso, un carpaccio de cierva cortado muy finito para acompañar.

_ No sé qué haría yo sin usted, Pulgar.

_ López del Pulgar, si no le molesta.

Teniendo en cuenta que ya son 1.212, y que su coste no supera los 65 millones de euros, no les extrañe que en los próximos P.G.E. aumente la colonia de asesores, porque total, los va a pagar usted de su bolsillo.

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