Glicerio Albarrán, el profesor del que nadie se olvida

El profesor de Zamora protagoniza la vida cultural lucense durante treinta años

AL IGUAL QUE su hermano Felicísimo, Glicerio Albarrán Puente (Zamora, 1898) jalona sus estudios con matrículas en el instituto de su ciudad natal y en la universidad de Salamanca, donde estudia Filosofía.

Su vida va a discurrir en paralelo con otro zamorano coetáneo, Abelardo Moralejo Laso, aunque uno recalará en Santiago y el otro en Lugo.

Licenciado en 1922, se casa con Soledad Torres Lorenzo y tienen dos hijas, Blanca y Elsa. La primera oportunidad para intervenir en la vida cultural lucense, una conferencia en la Asociación Profesional del Magisterio Primario, en 1934, la frustra una indisposición, pero será la primera y única vez que el catedrático falle en más de un centenar de conferencias sobre los más variados temas, como son la pintura moderna, el Quijote, Juan de Pareja, temas filosóficos y su personaje más querido, el escritor uruguayo José Enrique Camilo Rodó Piñeyro, creador del arielismo y a quien dedica su tesis doctoral que le llevará hasta las tierras de la República Oriental.

En 1934 entra en política cuando se crea en Lugo Izquierda Republicana, de la que es vicepresidente primero, y presidente al año siguiente. Entonces desarrolla una gran actividad en mítines con Santiago Casares en Foz y Vilalba, y con Ben Cho Shey y Fole en el Bar Unión de Lugo.

También es profesor de Akademos, un centro que prepara para las oposiciones de Magisterio. En el 36, forma la candidatura de izquierdas, al lado de Luis Peña Novo, Ricardo Gasset y Jacinto Calvo, entre otros. Antes de julio también será gestor del ayuntamiento, dentro de la comisión de Instrucción pública y Música, y de la Diputación.

En esos meses prebélicos se constituye la Comisión Ejecutiva pro-homenaje a Valle Inclán que preside Artemio Precioso e integran Alfredo R. Labajo, Puro de Cora, Rufino Dugnol, Camilo López Pardo, Herminia Martínez Cabrera y él.

Quizá tanta actividad es lo que provoca la denuncia que contra él eleva el registrador de la Propiedad José Otero Fernández, acusándole de abandonar la asignatura y luego obrar injustamente contra algún alumno, en concreto, su hija.

El cambio de régimen lo solventa con seis meses de suspensión de empleo y sueldo en julio de 1937, cuando da clases particulares en Bolaño Rivadeira 7, su domicilio.

El profesor de después de la guerra, al decir de sus amigos, es otra persona, como si el miedo lo hubiese agarrotado. Participa en todas las campañas que se organizan _ pro avión, pro paro obrero, pro biblioteca del SEU _, e incluso da una conferencia en el aniversario de Matías Montero.

También es uno de los oradores en el periódico oral Amadis, que dirige Armesto, y de 1955 a 1958 es director del instituto en sustitución de Delio Mendaña y siendo sustituido por Lázaro Montero. Menudo trío.

Sus alumnos no lo olvidan. Imprime carácter, aunque algunos desalmados abusan de su bondad y se burlan de sus chistes sin gracia. Se cuentan mil anécdotas, como la de aquel que se presenta a eliminar materia y no sabe ni papa. “¿Usted por qué se presenta si no sabe nada” “Por si había suertecilla”.

En 1951 escribe el prólogo a Lugo y sus hombres, de Salvador Castro Freire y en 1954 publica su tesis sobre Rodó. A él se deben los Cursos Universitarios de Primavera, como secretario de su Curatorium y el arranque de los Amigos de los Castillos.

Alonso Montero, que lo aprecia como todo el claustro, le hace la necrológica en El Progreso. El pasado día 16 se cumplieron los 55 años de su muerte, en 1965.

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