Aquella señora estampada

Mildred, en verdes

Comparto con ustedes un recuerdo infantil que sitúo sin precisión especial el año 1961 en la alameda lucense. El grupo de amigos disputamos una animada partida de canicas, o de bolas de cristal, que esa es su denominación. Canica se acerca casi a cultismo.

El objetivo consiste en meter la bola del contrario en el cazolo, o círculo central, y así cobrar otras de barro que se venden a peseta la decena, o que se fabrican al fuego de la cocina económica.

Un grupo de señoras, seis o siete, la mayoría vestidas con telas de enormes estampados florales como Mildred Roper, se detiene sobre nuestro terreno de juego, en la parte posterior del templete de la música, charla que te charlarás.

Cuando la invasión del espacio es decisiva para uno de mis disparos, alzo la mirada en actitud suplicante de que se retiren tan solo un metro, pero sin pronunciar palabra.

Una de ellas me sonríe de oreja a oreja por haber conseguido llamarnos la atención, y dice:

_ No nos entendéis, ¿verdad? Es que somos catalanas.

Las pájaras se habían apostado allí para presumir ante unos niños de tener un idioma distinto. En aquel momento me imaginé que en su viaje turístico repetirían una y otra vez aquella maniobra de absurda pedantería.

Como la verdad es que no nos habíamos fijado si hablaban catalán o servocroata, no me costó trabajo decirle con toda la corrección que mis padres y los Maristas me habían inculcado, que no.

_No, no es eso señora; es que tengo que tirar la bola desde aquí.

La sonrisa desaparece de su rostro y con gesto seco anima al resto a ahuecar el ala.

Yo creo que esta señora es la madre del presidente de los Médicos catalanes, que se desmarcan de las críticas a Simón. Con tal de llevar la contraria tragan hasta con los muertos que han tenido.

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