José María Lado, el alcalde de Viridiana

El actor se consideraba lucense, por ser su padre de la ciudad y por haber vivido en ella

FUE UNO DE los actores característicos del cine español durante casi cuarenta años. Un tipo serio, entrado en años, ideal para hacer de malo, de padre o de autoridad gubernativa. Por eso acaba haciendo de alcalde con Luis Buñuel en Viridiana.

Fue José María Lado Rodríguez (La Habana, 1895), hijo de un lucense y una cordobesa, que a los 22 años regresa de Cuba. Muchos años después declara al periodista vigués Albino Mallo, fallecido este aciago 2020: “Me considero gallego, pues mi padre era de Lugo, ciudad donde viví y de la que tengo grandes recuerdos”.

Se inicia en el teatro barcelonés, pero dentro de la compañía del actor madrileño Francisco Morano y Moreno, de quien se considera discípulo. Felipe Sassone y su mujer, María Palou, son otros dos personajes a los que Lado cita como influyentes en su carrera, así como Enrique Borrás, es decir, la élite teatral de los años diez.

En 1923 entra en contacto con el mundo del cine. Lo hace a través de una película titulada Curro Vargas, cuando las cintas todavía eran mudas. Lado se limita a desfilar en una procesión, pero el nuevo medio lo enganchará de tal forma que se mantiene en cartel durante cuatro décadas.

En ese momento pertenece a la compañía del Teatro Español de Madrid y según declara a Mallo, acepta ser extra “por la simple curiosidad de saber qué era eso que llamaban cine”. Cobra diez pesetas.

En 1931 hace Sierra de Ronda, la película de Florián Rey, cuando ya ha llegado el cine sonoro. Lado pronuncia sus primeras frases encarnando a un presidiario. Después de la guerra, cuando ya lleva más de veinte títulos en su haber, participa en otra sierra histórica, Espoir / Sierra de Teruel, escrita y dirigida por André Malraux que no pudo proyectarse hasta 1977.

Como decíamos, a Lado lo encasillan en los papeles de malo, aunque a él le hubiesen gustado otros personajes. “Quizá influya mi físico, pero el caso es que todos los malos vienen a recaer en mí”.

Obsesionado con las características nacionales que debía reunir el cine español, combate en compañía de otros dos actores _ Jesús Tordesillas y Rafael Durán _, la presencia de actores extranjeros en los repartos españoles. Su pretensión es prohibir que se pueda doblar al que no sepa hablar castellano, o lo que es lo mismo, que no se contrate a nadie por su nombre, salvo que defienda el papel. Esto ocurre en 1951.

También consideraba que el cine español debería verse a las leguas que lo era, poniendo como ejemplos de su éxito, Marcelino Pan y Vino, Bienvenido mister Marshall, Historias de la radio, o Mi tío Jacinto. Había que huir de las grandes tragedias y de las parejas de enamorados que no pueden materializar su amor, decía como ejemplos de una temática ñoña y desfasada.

El cine español tiene que acercar historias entrañables al público, historias suyas, de paisajes reconocibles y con las que se identifique.

Dentro de las 85 películas que llega a rodar, el lector encontrará títulos muy conocidos, como son El malvado Carabel (1935), Adversidad (1944), Las inquietudes de Shanti Andía (1946), Mariona Rebull (1947), Las aguas bajan negras (1948), El Santuario no se rinde (1949), Historias de la radio (1955), Las chicas de la Cruz Roja (1958), Madame Sans-Gêne (1961) y por supuesto, Viridiana (1961).

Recibe el Premio del Círculo de Escritores Cinematográficos en 1945 por tres películas rodadas ese año, entre ellas, Tierra sedienta. Fallece en Madrid el 17 de octubre de 1961, a los 66 años, aunque parecía que siempre había tenido esa edad.

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