La mano de Calomarde

Manos blancas no ofenden

Lo de Iglesias es de mucho mérito. Hay que ver la inmensa capacidad que tiene para no reírse de sí mismo. Eso solo es posible con un gran autocontrol. Rappel es otro ejemplo notable.

Siendo imprescindibles las características personales para llevar a buen puerto la impostura, en casos de relevancia política, como es el que nos ocupa, se necesita también una colaboración externa que lo consienta, que le baile el agua, o simplemente que no le haga ver sus sucesivos ridículos.

La última de sus actuaciones ha sido la caída de ojos que el personaje realiza en el momento del saludo del rey el pasado lunes. Este quiere pasar a los libros de historia al lado del bofetón que la infanta Luisa Carlota propina en otro palacio, el de la Granja, al ministro Calomarde cuando lo de la Pragmática sanción y la Ley Sálica, aunque ahora a favor de la república.

El pobre no se da cuenta de que, si a alguien insulta, es a todos los españoles que el rey representa, y a él mismo, que es vicepresidente de un Gobierno por obra y gracia de su superior jerárquico que tiene delante.

En resumen, una patochada propia de un chiquillo que ignorante de todo solo busca salirse con su capricho en cada ocasión.

Y vaya si porfía en saltarse las leyes, una detrás de otra, si no se acomodan a su santa voluntad. Pasamos de Dina a Neurona, y de Venezuela a Bolivia como de un día de la semana al siguiente. Nada le para ante su naturaleza tiránica y nadie hay que parezca dispuesto a ponerle freno, ni el que era incapaz de dormir tranquilo a su lado.

Cuentan que al verlo, Felipe VI se sonríe debajo de la mascarilla. Calomarde, tras ser abofeteado, le dice a la infanta:

_Manos blancas no ofenden.

Seguramente el rey estaba pensado que manos infantiles tampoco ofenden, pero aún así alguien debería limpiarle los mocos.

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