Descafeinado y aguado

Y bajando

Uno de los enigmas de la España contemporánea esconde las razones del empecinamiento de Ciudadanos en equivocarse. ¿Será la herencia envenenada de Rivera, que lo hizo en tal grado y magnitud que le costó la carrera política?

Señores, yo para esto no valgo, se dijo el hombre en un gesto que le honra, aunque condene a su partido a vivir desde entonces bajo el estigma del yerro. Y mira que se han equivocado todas las formaciones en errores de bulto, pero el suyo es como más incardinado a la médula.

Inés Arrimadas era una mujer brillante que nos hizo vivir tardes de gloria en el feudo del independentismo desaforado. Pero lo que parecían Mihuras sin afeitar, resultaron corderos con pies de barro, porque Inés, ella solita, se los merendaba de dos capotazos.

Sin embargo, una vez extraída de ese albero, en teoría tan desfavorable, Inés del alma mía se descafeinó hasta el punto de confundirse con la leche.

En eso se parece a Rufián, un político vulgar al que le hacen fotos en el ámbito menos afín, en teoría, como es el Congreso de los Diputados. Seguro que Rufián en Cataluña se diluye y desaparece.

El último ha sido Aguado, un hombre tan proclive a la equivocación que da que pensar, porque si ahora descubrimos que el Rivera preequivocacional era eso, o que los posriveristas son eso y están aquí para eso, apaga y vámonos, que se está más calentito en la fría soledad del iglú.

No es que no estén avisados. Llevan una tendencia en las encuestas que parecen un buceador tratando de batir el récord mundial de apnea. Y lo que les espera si no hay un golpe de timón que lo evite. Según la última, de ayer mismo, pierden diez escaños en Madrid, mientras su socio sube quince. Total, 25. Parece que los votantes saben distinguir muy bien entre uno y otro. Ahí queda.

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