La solución Laforêt

Quiere Torra que el Rey, el Gobierno y los españoles todos le pidamos perdón por el fusilamiento del presidente Companys allá por 1940, ochenta años ha. Y no estaría de más la cosa si él se aplicase primero el cuento y en una demostración de fraternal reconversión moral pusiese por delante su propio arrepentimiento por tanta muerte causada por el Estat Català, por tanto delito nacido al albur de sus falacias, por tanto crimen cometido por su admirado dúo pistolero, de nombre y razón social Miquel Badía y hermano.

Hay una historia patética que enreda los amores de Companys por su segunda mujer, Carme Ballester, con los de Miquel Badía, el Capitá Collóns, por esa misma mujer, que finalizan con resultado de muerte para Miquel en algunas versiones, pero que repetir aquí se nos hace larga y resbaladiza.

No es necesario. Basta saber que Torra admira a Badía y sus métodos expeditivos en contra de los reacios al independentismo, con especial atención hacia los anarquistas; basta conocer las operaciones de limpieza de imagen de Badía que él mismo ordena, para descubrir que Torra no es trigo limpio y que sus peticiones de perdón están más envenenadas que el vino de Rasputín en su última cena.

Además ya sabemos que el fin último del presidente es seguir delinquiendo bajo la máscara de la honradez y el patrioterismo, así que para qué.

Vamos a pensar que el golpista Companys merece que se le pida el perdón, como ya han hecho Francia y Alemania por entregarlo. Bueno, pues en manos de Torra está la palanca que lo acciona, al menos mientras no lo inhabiliten.

Como cantaba Marie Laforêt, la chica de los ojos dorados, olvidemos nuestro enfado y volvamos al amor, porque si no es a tu lado, dónde voy a estar mejor.

Es fácil. Haga un esfuerzo, pero no demasiado, a ver si se escagarrucia todo.

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