Salvador Castro, la memoria fotográfica de la ciudad

El boticario lucense siempre tuvo la vista puesta tanto en el pasado de Lugo como en su futuro

EL PROGRESO COMIENZA su andadura el 17 de agosto de 1908 con la inserción de un anuncio colocado al revés, vamos, patas arriba. Se trata de una arriesgada y original técnica publicitaria que obliga a voltear el periódico. El lector está acostumbrado a estas estratagemas, pues también era usual que los anuncios se publiquen apoyados sobre su costado izquierdo.

En este caso la argucia nos informa de la inquieta personalidad de Salvador Aurelio Castro Soto-Freire (Lugo, 1869), propietario de la oficina de farmacia existente en los bajos de la casa número 30 de la calle de San Pedro, unos metros antes del inicio de Manuel Becerra, luego José Antonio y hoy Progreso. El inmueble lo ocupa después la Cuchillería Aquilino.

En su primer piso vive en aquel momento don Salvador, que además de premiado boticario, es fotógrafo de la Comisaria, pionero en el uso de muchos inventos que llegan a Lugo de su mano, animador de la tertulia más característica de esos años, fundador de los Exploradores y autor de un libro, Lugo y sus hombres. Ensayo de síntesis histórica, (1951), donde reúne la esencia de un grueso volumen de recortes que el hombre colecciona durante años.

En el anuncio de referencia explica don Salvador que sus clientes recibirán un ticket expedido por la primera máquina registradora de Lugo y que si la compra es superior a las 25 pts se le obsequiará con una de las especialidades originales de Soto Freire, que ya fueron premiadas en Lugo y Gijón y entre las que figuran diversos vinos, aceite de hígado de bacalao, agua de colonia o un elixir dentífrico, que el lector puede conocer con mayor detalle… si voltea esta página. En esa actividad comercial le aventaja su colega Julio Iglesias Fariña, que vende el aceite de hígado de bacalao Dos Pescados.

Cuando los contertulios de la rebotica se demoran más de lo conveniente y no despegan el culo de la silla, don Salvador destapa un tarro de savia de azafétida que desprende un olor nauseabundo y que en alquimia dicen escaparse del mercurio filosófico. Por supuesto, nadie permanece allí ni un minuto más. Se demuestra que nuestro boticario, además de un adelantado de su época, es también un avezado alquimista de tiempos idos, pues la azafétida (Ferula assa-foétida) era ya una planta en vías de extinción. O si se quiere, un auténtico Silvestre Paradox.

El farmacéutico servirá gratis “a los pobres que sean conocidos, o con certificado del párroco que lo acredite”, como también era timbre de prestigio de otros boticarios.

Asimismo, Castro Freire será recordado por ser el propietario de uno de los primeros automóviles que hubo en Lugo, por el primer gramófono del que se tienen noticias en la ciudad, por el primer triciclo, y por los centenares de fotografías realizadas por él que hoy guarda el Museo Provincial. Allí se encuentra también un estereoscopio de su propiedad con el que es posible ver las imágenes en relieve mediante la exposición simultánea de dos de ellas. El fotógrafo José María Álvez recupera y divulga buena parte del fondo Castro Freire en el volumen Lugo. Cita con dos siglos (1886-1926) (Deputación Provincial, 1982), y en 2011 se realiza en el Museo la exposición Instantes na memoria.

También fue vocal en la primera directiva de la Liga de Amigos (1911), volcada hacia todo lo que signifique progreso para la ciudad.

Otras farmacias de la época son La Salud, al final de Castelar, y las de Iglesias Fariña, en Conde Pallares, Castro Laviña, Pérez Varela y Bermejo Pérez.

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