A lo loco y sin faldas

La ley Montero en un segundo

Quién le iba a decir a Billy Wilder que sesenta años después de estrenar su delirante Con faldas y a lo loco existiría en España un ministerio que defiende las mismas premisas que sus personajes. No hay hombres y mujeres, hay lo que cada uno quiera ser, sin papeles, sin molestas cirugías. Basta quererlo y aunque hayas nacido sexualmente mujer, si dices que eres Manolo, te conviertes en hombre ipso facto y de cabo a rabo.

Es lo que pasa cuando se elevan a ministras/os personas que apenas han leído más allá que las letras de Alaska y los Pegamoides, sobre todo esa tan bonita que se pregunta a quién le importa etc, etc.

El invento funciona como el mecanismo de los botijos, aunque ahora están buscando palabrejas para que la ministra pueda contarlo en una conferencia y parezca algo serio. De momento, todo se reduce a decir que quien desee ser hombre, se le darán los papeles correspondientes para que lo sea, y si mujer, ídem del lienzo.

De esa forma, el día de mañana los servicios de mujeres podrán verse poblados de voyeurs camuflados; las cárceles, de violadores y los conventos, de señores curas.

El feminismo, o al menos el feminismo que no ha perdido la cabeza, ya le ha dicho a Montero que nones, que eso no es ni por el forro lo que figura en el frontispicio de sus aspiraciones. ¡Ah! Y que dimita.

A la ministra de Igualdad le viene el cargo ancho, como una túnica de Demis Roussos a una lombriz, y ella trata de rellenar sus abundantes holguras con ocurrencias como esta, que sale de la misma cabeza de Billy Wilder y que a él le sirve para hacer una película desternillante, pero a ella, no una gestión brillante.

Como dice al final Lemmon:

_ No me comprendes, Osgood. Soy un hombre.

_ Bueno, nadie es perfecto.

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