Silicona

Usted y yo debemos de ser las únicas personas en el mundo que no tienen una pulsera de silicona. Si sumamos los millones de ejemplares que cada empresa, asociación o campaña dice haber distribuido nos da una cifra suficiente para empulserar a toda la humanidad.
Desconocemos los motivos, pero el caso es que nos quieren meter silicona en el cuerpo a toda costa; si no es a través de implantes mamarios, lo intentan con los brazaletes de marras. Será que se les fue la mano en la producción de silicona, o que nos vemos mucho más guapos con un colorín en la muñeca, pero lo cierto es que hoy ya no se concibe un buen fondo de armario sin un surtido de arandelas donde elegir cada día la que mejor nos componga.
Se puede ir de 100% católico, de antirracista, de salvador de la selva o de olímpico madrileño. Se puede participar en campañas solidarias, hacer gala de tu credo o anunciar que en el 2008 vas a votar a los demócratas en los EE.UU. Cualquier mensaje puede estar oculto en el color elegido y cuando te cruzas con un congénere amarrado a un grillete similar, vuestras miradas intercambiarán un guiño cómplice y sandunguero: “¡Ah, pillo! ¡Tú también estás a favor de erradicar la cistitis de la faz de la tierra!” y juntos os iréis a tomar un wopper con doble de queso.
Cómo será la cosa que ahora nos advierten desde México que las pulseras con la inscripción Tsunami relief son falsas; es decir, aunque las compres, las víctimas del tsunami no van a recibir ni un céntimo de tu dinero. Magnífico planteamiento para apuntalar la idea de que comprando cualquier otra sí va a ocurrir el milagro. Ocurrirá sin duda como en el caso de aquel mendigo que solicitaba una limosnita contra el hambre en el mundo y razonaba: “Si entre todos logramos que yo coma hoy, el hambre habrá perdido una batalla”.
Con las pulseritas igual. Unos cuantos estarán comiendo hoy opíparamente.

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