Los labios de Homer

A labios gana Homer, sin duda

Conocida la acusación de racismo que se dirige contra Chocolates Lacasa, fabricantes de los Conguitos, por ridiculizar al hombre negro con labios desmesurados, es de justicia que se incluyan en el mismo paquete varias acusaciones más, cuya existencia atormenta nuestro sensible espíritu igualitario.

La primera afecta a Homer Simpson, un tipo caucasiano a más no poder, de labios gruesos como salchichas, vago, torpe, borrachín, incapaz de hacer una a derechas salvo por equivocación, que denigra a la raza blanca, la ridiculiza y se burla de las mesnadas de barrigones que hollan la faz de la tierra.

Lo mismo se podría decir, salvo por el grosor de los morros, de un tal Pelúdez, a quien dan por presentarlo como amigo de troulas y afectado de una extraña enfermedad que se le manifiesta cada año el primer día de apañar patacas.

En ese terreno, ¿qué decir de Argán, el enfermo imaginario de Moliére? ¿Y por qué ha de ser rematadamente blanco, occidental y hasta ario, el avaro Ebenezer Scrooge, de Dickens? Por qué hemos de cargar todos los rostros pálidos con un personaje tan ruín y poco navideño como Scrooge? Denúnciese, que diría Chávez.

Y para que vean que nuestra acción no defiende solo a los caucasianos, habrá que crear un apartado en defensa de los chinos, que en las películas siempre son malos, muchos y débiles, porque el protagonista los derriba con el soplido de una mosca.

Inclúyase también en la querella criminal a todos los humoristas que han dibujados a los mexicanos durmiendo la siesta en cuclillas y debajo de un gran sombrero, como prueba inequívoca de que el mundo exterior les importa un jalapeño.

Por último, lo más importante es que la querella se dirija contra aquellos imbéciles que se creen redentores de la raza humana mediante la primera chorrada que se les ocurre.

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