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El Guerrero dentro del foso

A pasos agigantados la casta se deshace del pelo de la dehesa, tan molesto, tan plebeyo.

Ya han conseguido que su calle esté cerrada al resto de los mortales. Mejor les acaería una avenida de sauces llorones intercalados por cipreses que simbolicen el luto y las lágrimas que desparraman a manos llenas, rematada al final por un parterre de alocasia, una planta enana que bien puede aportar al conjunto el emblema de la paga mínima.

La calle se encuentra desde hace días al gusto de los residentes, bien pertrechada de fuerzas armadas y de todo aquello contra lo que antaño lanzó sus bravatas el señor hasta que adquiere el castillo de Galapagar.

No los hemos contado, pero hablan de 50 alabarderos 50, con sus carrozas y un alférez de estradiotes muy gritón, que se pone de los nervios cuando la tropa no identifica a los amables ciudadanos que acuden a la mansión para presentar sus respetos y su agradecimiento a los señores.

Cincuenta sueldos al mes que pagamos muy gustosos entre todos para que la casta no sea molestada en su reposo, que eso de triturar un régimen es labor muy cansada por la constancia y empecinamiento que ha de emplearse en ello.

Al moderno y distinguido palacete solo le faltan las tinajas para arrojar el aceite hirviendo que fuese menester en caso de asedio, y el foso de los cocodrilos que rodee la finca con su agua estancada, encastada y ponzoñosa.

De tinajas le van a servir las cubas electrolíticas de Alcoa, que aunque pesadas, son muy capaces y resistentes; y de cocodrilos, ya tienen a Juancho y al que se ha escapado en Valladolid, Pisuerga arriba.

Sin bien ellos no son mucho de curas, en la iglesia de San Ginés de Arlés, dentro de la madrileña calle del Arenal, pueden expropiar a la parroquia el caimán de Montalbán, muerto, pero resultón.

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