Pepe Sal, un espía en la Gran Guerra sin pretenderlo

El constructor del órgano de la catedral fue también un adelantado de la Telegrafía sin Hilos

SU TRABAJO MÁS relevante como ebanista permanece a la vista. Es el extraordinario órgano de la Epístola en la catedral de Lugo, que fabrica en colaboración con el franciscano Fray Manuel Fernández, ya presente en este Álbum. Pero la vida de José Sal Armas (Lugo, 1898) esconde otra faceta tan llamativa o más.

Nos situamos en 1925 para fijar el momento en el que Fray Manuel concibe la construcción del órgano gracias a su experiencia en la creación de otros como los de los franciscanos de Santiago y Lugo.

Aquí encuentra la motivación y el lugar para tan magna obra, continuación de las dos versiones de Arteaga y Sanz en los s. XVIII y XIX, respectivamente.

Pepe Sal tiene 27 años y trabaja en un taller de carpintería que existe donde después se abrirá el restaurante Alameda y hoy Abanca. Alguien le habla al franciscano de que él es la persona adecuada para el proyecto, junto con un mozo de apellido Torrón. Le ofrece un sueldo de 5 pts por jornada y acepta.

Los tres se ponen manos a la obra, según reconoce Sal, sin un plano general, sino con la improvisación española tan característica.

Hay una novedad, la transmisión del movimiento, desde el teclado a los registros, será neumática, con una gran mejora en la precisión, lo que permite ejecutar música compuesta para piano.

Sal Armas se vuelca en su nuevo trabajo e incluso recibe lecciones de música por parte de Fray Manuel para que redunde en la calidad de las piezas. Construye también un violín que le ayuda a afinar su oído. El instrumento acaba en casa de su hermano Pedro Sal, jefe de la estación de tren de Monforte de Lemos.

El órgano tiene 45 registros y cuatro pedales. La madera se cuida con sangre animal y las lengüetas, de tripa de vaca o cabrito, reciben un tratamiento con clara de huevo. Si se duda entre dos materiales, siempre se escoge el mejor. Tras algo más de un año, logran un órgano único en su género.

Cuarenta años después de acabarlo, Pepe Sal recuerda lo hecho a Ángel de la Vega y le dice que sigue afinado tal como lo dejan ellos.

La fama de Pepe llega al monasterio de Samos. El abad le pide otro y allá se va dos semanas para redactar el presupuesto, pero cuando lo comunica, la comunidad se echa atrás.

Entonces el hombre cambia la ebanistería por un taller mecánico que instala en A Mosqueira y allí está el resto de su vida, siempre con la cabeza llena de nuevos proyectos.

Sal pertenece a la directiva de la Asociación Patronal de Lugo presidida por Ramón Jato Pérez, al lado de José Delgado Paz, Generoso Carro, Esteban Grande, Teótimo Merino, José Arias Nadela, Bernardo García Palmeiro, Antonio Balbás, Manuel Carreira Abel y Arturo Artalejo.

El otro gran momento de su vida ocurre cuando tiene catorce años. Desde entonces se inicia en las prácticas de la Telefonía sin Hilos (TSH) y construye unas antenas a través de las cuales consigue ponerse en contacto con THS de la tour Eiffel, desde donde se captan, por ejemplo, los mensajes que envía la espía Mata Hari. Nadie en Lugo ha logrado semejante cosa, ni quizás en España, pero al saberse, un vecino envidioso o temeroso lo denuncia a la autoridad, por lo que Pepe tiene que presentarse ante el gobernador civil bajo la acusación de espionaje.

Logra demostrar su bendita inocencia, pero el gobierno le obliga a retirar las antenas. No se les ocurre ficharlo como hombre valioso para los servicios de información. No, solo le quitan las antenas los muy lumbreras.

2 Comentarios a “Pepe Sal, un espía en la Gran Guerra sin pretenderlo”

  1. Marta Fernández Núñez

    Estimado José: Mi madre siempre me contó muchas historias de mi tío bisabuelo (padrino de mi madre) pero esta historia de Mata Hari nunca la había oído antes. Tienes más información de la época sobre él me gustaría saber algo más sobre su vida. Yo lo conocí siendo un hombre anciano. Curiosamente nací el mismo día que él pero 77 años después. Sus historias fuera de lo común para la época, como gran autodidacta que hablaba francés y traducía libros de mecánica para probar en su taller lo que leía, hacían que sintiese un gran orgullo y curiosidad por él. Se arruinó al intentar introducir los coches en Lugo.
    Muchas gracias por la historia, me ha hecho mucha ilusión leerla.

  2. Cora

    Gracias por tu comentario. La verdad es que del episodio del espionaje no sé más, porque imagino que no hay más. Un vecino lo denuncia en falso, él se presenta ante el gobernador y todo se desmiente de inmediato. Eso es lo que pude averiguar. Saludos

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