Cursis a la violeta

Galdós en extracto

Leo que algunos literatos se declaran incapaces de novelar sobre la pandemia de la covid-19 y pienso de inmediato que si Galdós estuviese en faena, uno de sus episodios nacional sería ese, Corona o Los muertos invisibles, o cualquier otro título que el canario don Benito tuviese a bien utilizar.

Él no era tan exquisito a la hora de escribir novela. Él veía, y si delante de sus ojos estaban los apostólicos, los ayacuchos o los cien mil hijos de San Luis, ese era su nuevo título.

Claro, no todos los novelistas tienen la obligación de ser Galdós, ni de concebir como él la novela histórica, ni de escribir tan bien, ni de escribir tanto; pero se intuye en su rechazo a novelar los tiempos que nos tocan vivir cierto prurito melindroso de eruditos a la violeta, como si el argumento no fuese lo suficientemente elevado para sus acrisoladas cumbres literarias.

Aunque a lo mejor solo es que con la edad me estoy volviendo cascarrabias y los veo como cursis domingueros endomingados de suplementos dominicales.

Con lo emocionante que podrían ser las correrías interhospitalarias de Salvador Monsalud, hijo ilegítimo del rey, detrás de un análisis que lo vincule al monarca, y las de su novia Jenara, liada a su vez con un diputado de Podemos que tiene un hijo de sus relaciones con un vendedor de mascarillas adulteradas, mientras Juan Bragas de Pipaón negocia con el PNV lo que sea menester.

Es sencillamente ridículo, como ridículo es saquear un ultramarinos de Gerona porque la policía ha matado a un ciudadano en los Estados Unidos, mientras sus representantes de aquí se sientan a negociar con asesinos confesos, que a su vez condenan la muerte del ciudadano como si ellos se hubiesen dedicado toda la vida a calcetar patucos para los niños nacidos en la indigencia.

Como para darles así, a palma abierta.

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