Fray Aniceto de Mondoñedo, un Schindler de los exiliados

El capuchino había sido un destacado orador y astrónomo

JOSÉ CABANEIRO ANLLO (Mondoñedo, 1896), futuro Fray Aniceto de Mondoñedo, nace cinco meses después de morir su padre, Francisco Cabaneiro Díaz, cuarenta antes de que lo haga su madre, Evarista Anllo Sordo, y 62 de que lo haga él mismo.

Ése es el marco de una biografía bastante más dilatada. Parece ser que la predicación en Mondoñedo de dos capuchinos, Pedro de Villarrín y Fermín de San Martín, es tan decisiva a sus once años que desde entonces decide imitarlos. Se ordena capuchino en 1920, estudia en Roma y obtiene el doctorado en Filosofía, con especialización en Ciencias Exactas.

De vuelta en España, imparte clases en el País Vasco y Santander. Con residencia en Durango y Bilbao, va a crear un observatorio astronómico en la capital cántabra, pero al igual que los frailes a los que escucha de niño, Fray Aniceto de Mondoñedo, que ése es su nombre religioso desde que profesa, va a destacar en oratoria.

Una de sus intervenciones más celebradas tiene lugar el 26 de octubre de 1927, cuando en Salamanca se conmemora el VII centenario de San Francisco. Diserta sobre La pobreza franciscana y en ella compara los capítulos de Asís con las juntas de la Unión General de Trabajadores, lo cual fue muy comentado.

Años más tarde, Fernández Tafall ejerce de cronista de la novena celebrada en la Basílica Metropolitana de Madrid en honor del Apóstol Santiago, que inaugura Arriba y Castro y cuyo cuarto orador es Fray Aniceto de Mondoñedo.

En 1935 habla en Lugo dentro del novenario de la Virgen dos Ollos Grandes y su palabra llama la atención. Al año siguiente volverá a Mondoñedo desde Durango, pero por el fallecimiento de su madre.

En la guerra marcha a Francia como delegado del Comité Pro Ayuda a los Exiliados, desde el que facilita el papeleo de muchos de los que huyen a América, como él mismo hace en 1939.

Su labor en Cuba va a tener una doble vertiente. Primero, en su faceta ya conocida de orador, y una segunda, como edificador de templos por toda la isla, como el de Marianao y los dos de La Habana, el Salvador y la basílica de Cristo Rey o Jesús de Miramar, la segunda más grande de Cuba, solo superada por la catedral de Santiago.

Al principio, Fray Aniceto reside en Bayamo, cerca de Santiago de Cuba, y allí construye el primero de los templos, la iglesia de Julia. Luego es trasladado a La Habana.

Conviene detenerse en la iglesia de Jesús de Miramar, su obra más celebrada. Es de estilo románico-bizantino, con planta de cruz latina, tres naves, ábside, cruceros, bóveda de cañón y cúpula de base octogonal. Se encuentra en la Avenida Quinta de Miramar. La inicia en 1948 y se inaugura hace 67 años, el 28 de mayo de 1953, de acuerdo con el proyecto de los arquitectos Eugenio Cosculluela y Guido Sutter.

El templo tiene 14 murales pintados por el guipuzcoano César Hombrados Oñativia. Es el viacrucis donde se reflejan las familias que colaboran en la obra y que posan para las distintas escenas.

Su órgano es de 5.000 tubos y tres consolas. La imagen central es una réplica del Jesús de Medinaceli, de Madrid. Fuera existe una gruta a imitación de la de Lourdes, realizada por el arquitecto Max Borges.

En 1955, tres años antes de morir, Fray Aniceto es designado Custodio de Cuba, es decir, superior de la Orden Capuchina. El embajador de España en la isla, marqués de Lojendio, le dedica una encomiástica necrología, lo mismo que el periodista Gastón Baquero, redactor jefe del Diario de La Habana y el alcalde de la ciudad, Aristide de Sosa de Quesada.

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