Matías López, el Amancio Ortega del s. XIX

El sarriano logra un emporio moderno en maquinaria, márketing y política laboral

EL CÉLEBRE INDUSTRIAL Matías López (Sarria, 1825) tan solo sobrevive cinco meses a la muerte de su hijo homónimo, y un año a la de su hijo Pablo. Un estúpido accidente en la fábrica que él ha levantado acaba con el heredero y en buena medida acelera la muerte del padre.

Por su parte, Pablo, ingeniero industrial, había fallecido el 27 de mayo de 1890, a los 24 años. El patriarca lo hará el 18 de junio de 1891. De su matrimonio con Andrea Andrés deja tres hijas, Asunción, Rosa y Carmen.

Él había nacido un 17 de mayo y dentro de un lustro se cumplirán los dos siglos de tal acontecimiento. Su aventura comienza en 1844, cuando tiene 19 y se une a un arriero para que lo traslade a Madrid. Hasta siete años más tarde dura lo que podríamos llamar su época de instrucción, cuando descubre los secretos de la fabricación del chocolate.

Y una vez salvados esos trámites indispensables, da comienzo su inmensa labor en torno al producto. En un primer lugar con la creación de las fábricas y su correspondiente dotación de maquinaria de vanguardia. Luego, con sus pioneros estudios de mercado, de márketing y publicidad, para completar toda esa actividad con una política laboral en favor de sus trabajadores que lo convierte en ejemplar.

Consigue exportar su producto a media Europa y a Cuba y en dos decenios es ya uno de los grandes empresarios de España, tanto por su industria, como por las propiedades inmobiliarias adquiridas en Madrid. Salvando enormes distancias en volumen de negocio, Matías López fue en cierta medida el Amancio Ortega de finales de siglo.

Gana tantas medallas en los certámenes internacionales que la prensa bromea con la resistencia de sus solapas si tuviera que lucirlas todas. Él y Singer son los paradigmas del éxito.

Su famosa campaña publicitaria basada en la gordura de los consumidores de su chocolate _ “antes de tomar” y “después de tomar” _, lleva a que otro competidor de Madrid intente contrarrestarla con la edición masiva de carteles en una imprenta que para su desgracia comete una fatal errata, incomprensiblemente no detectada hasta que los carteles están distribuidos. De esa forma, donde debía aparecer: “Este chocolate está hecho de cacao”, aparece: “Este chocolate está hecho de caca”. Imagínense la risotada que suelta don Matías al leerlo.

En aquellos momentos el setenta por ciento del negocio del chocolate español se encuentra en manos de sarrianos, pues ahí está Venancio Vázquez, pariente de Matías, con sus fábricas. Sarria será el escenario de las acciones filantrópicas de ambos.

López es presidente de la Asociación Madrileña de Propietarios y diputado por Sarria en 1872 y en 1876, para acabar como senador vitalicio desde su pensamiento de republicanismo moderado.

En enero de 1891, su hijo Matías, de 28 años, acude a la fábrica de El Escorial para estar presente en una prueba de alumbrado de gas que realiza un ingeniero inglés, quien la señala para el martes día 13. Matías junior le pide aplazarla un día, porque el martes y 13 le da mal fario. El inglés accede y el miércoles 14 tiene lugar dicha prueba, a la que acude el joven de muy mala gana.

El agua del depósito para producir el alumbrado está helada y a un operario no se le ocurre mejor cosa que arrojar sobre ella agua hirviendo, lo que ocasiona una enorme explosión que mata a cuatro personas, el hijo de don Matías y tres operarios. Es el comienzo del fin del chocolatero, cuya biografía publica en 2001 el periodista de El Progreso Luis Rodríguez.

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