M. Fernández Tablas, arruinado por un mono fumador

El chamarilero se viene de Montevideo a Ribadeo con otros dos macacos y vende el Palacio Florentino

EL CHAMARILERO MANUEL Fernández Tablas (Ribadeo, 1847), cuya biografía comenzamos ayer con la de su hermano, duerme en Montevideo en una cama suspendida con cuerdas en el aire para dejar así más espacio a la entrada de trastos inútiles.

Una noche, las cuerdas ceden y Manuel cae sepultado entre aquel mar de latas viejas y la montaña de polvo, pues como dice su cronista “jamás fueron profanados aquellos pisos ni aquellas paredes con el contacto de escobas ni plumeros. El polvo se pasea allí como rey y señor, amparando bajo su manto oscuro a todos aquellos desechos, que son como sus súbditos”.

Las mujeres del barrio le piden hebillas, botones, tornillos, lámparas, platos, salivaderas, cuchillos… y de todo tiene. Hojas para mangos y mangos para hojas.

Un abogado al que le falta el segundo tomo de una obra de Derecho Internacional editada en París, ¡lo encuentra en su piso! Lo había comprado en un lote de otros quinientos libros.

Pero con el tiempo es tal la cantidad de objetos que se acumulan, que Manuel ya no encuentra lo que le piden. Como no podía ser de otra forma, en febrero de 1900, el almacén de Cachivache es pasto de las llamas y conviene saber cómo sucede.

Manuel se había hecho con un mono aficionado a fumar cigarros puros que el hombre le da, pero con gran estima de los finos y no los de la marca Ferriolo que fuma su dueño.

El día del incendio, el mono le pide un cigarro a Tablas y el de Ribadeo le ofrece uno de los suyos, un A. Ferriolo previamente encendido. Al ver que no es de su marca preferida, el macaco le da dos o tres chupadas y lo arroja encima de un montón de trastos grasientos, latas, maderas y demás basura, entre ella, las miles de cajas de cerillas sin uso, pero de gran ayuda para la combustión.

En segundos, todo es una llama destructiva que deja a Cachivache sin su tesoro. El mono, atado a la cocina económica, no puede huir y es la única víctima mortal de su propia exquisitez tabaquera, aunque tres bomberos resultan heridos al explotar unas latas que contienen balas viejas.

Gracias al suceso tenemos la imagen de Fernández Tablas, captada por la prensa delante de su casa, tras ser sofocado el fuego. El de Ribadeo valora las pérdidas en 10.000 pesos oro.

En agosto de 1902, Manuel Fernández Tablas embarca en Montevideo con destino a España. Lo hace con veintitantos bultos, como los grandes potentados. Nadie sabe lo que transporta, pero la mayoría de los bultos son latas de keroseno rellenas de otros materiales.

A todos les ha pegado un cartel que pone “Equipaje de mi industria”, con lo cual está claro que han de portar variadas especies. Se incluye entre los petates una jaula con dos monos, sucesores de aquel otro que dos años antes arruina la cachivachería, por fumar finolis.

Tablas no se despide de la capital uruguaya ni con tarjetas, ni con anuncios en la prensa, sino con pintadas en las aceras de su barrio. Me voy. Y se vino a Ribadeo.

De su vida volvemos a saber en diciembre de 1918, cuando ofrece al ayuntamiento el edificio llamado Palacio Florentino, de la Plaza de la Constitución ribadense.

Exige como condición una rentita y que en los almacenes que dan a la calle de la Trinidad se establezca un gran lavadero que lleve el nombre de E1 Patatero, O Pataqueiro, o se construya otro con la misma denominación en otro lugar.

Un año después, el Palacio Florentino es adquirido por Manuel de la Barrera por 34.000 pesetas.

Esto y cuatro cosas más hemos podido averiguar de los Fernández Tablas.

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