Saber, querer, poder

Lo único que no imitan de Venezuela es el gusto por enfundarse la bandera

Fabrican pobres porque no saben fabricar ricos, que es lo inteligente y lo que a todos nos gustaría. Bueno, digo todos en un ejercicio de extralimitación mayestática de poderes interpretativos, porque a la vista está que hay una buena bolsa de españoles que los apoya y que aspiran a ser mañana más pobres que Carracuca.

El culto y atildado escritor Vicente Revest hizo campaña para que Carracuca, a quien decía haber conocido, fuese sustituido en el lenguaje popular por el nombre de la mujer que lo arruina, llamada la señora Debolamar, un apellido realmente ruinoso. Lo lamentable no es ser pobre, que eso casi siempre está fuera de la voluntad, sino sembrar la pobreza.

A lo que íbamos, estos empobrecedores naturales de los patrimonios no pueden proponer otro plan porque no saben y porque no quieren. ¿Qué futuro político les espera en un pueblo sano, próspero y feliz? El mismo que a las bacterias sobre superficies desinfectadas, ninguno.

Su sueño son miles de familias Carracucas indignadas a las colas de cualquier oficina de la paguita, agradecidas al gran macho alfa y a Carrillos Tortuosos por tener un régimen tan cojonudo que reparte miseria a manos llenas.

Que no les hablen de riqueza salvo para arrebatarla mediante impuestos de distinta formulación, y eso mientras exista porque a ese ritmo los impositores durarán menos que el invierno en el Sahara.

No crean riqueza porque no saben, porque no quieren y porque no pueden. Son incompatibles como el agua y el aceite. Es algo que está fuera de su alcance. La insultan y se burlan de quienes aspiran a conservarla. Cayetanos, les dicen.

Eso sí, se tiran a los chalets cosa mala. Los llaman dachas para disimular, pero la única diferencia es que los pagan con un dinero que ellos no han generado.

Y les extrañan las protestas.

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