La palabra

El discurso político que obtiene mayor receptividad popular y mayor eco mediático siempre es aquél que habla de cambios, de reformas y de períodos transitorios en los que nada es demasiado estable como para hacerle caso. Todo está en el futuro y ellos mismos se animan a cumplir la ley en el futuro, cuando esté en vigor la que ellos propugnan, cuando exista un estado federal, cuando exista la independencia, cuando se haya aprobado el plan, cuando los cerdos se depilen.
Lo de recordar a la ciudadanía que contamos con un cuerpo legal que ha sido fruto de mucho trabajo y de muchos consensos, ni les gusta a los que pían, ni nos agrada a los que escuchamos. Todos preferimos escamotear el presente y perdernos en las fragancias de las reformas, ya que es un territorio donde no existen las responsabilidades de cumplimiento, y además sirve para albergar las más nobles aspiraciones.
El paradigma de esta espiral de la indefinición lo protagonizan quienes se replantean a diario la estructura del Estado español, o mejor dicho, su voladura controlada. Por lo visto, la Constitución también ampara, alienta y subvenciona a todos los que desean verla arder, como si el Código Penal dispusiese de un artículo final en el que el legislador habría escrito: “Todo lo anterior es de obligado cumplimiento… si ustedes quieren”.
Las reformas son consubstanciales con el avance social, económico y de libertades, pero el punto de equilibrio necesario para la estabilidad reside en abordarlas desde el presente y sin saltarse ni una coma de lo que está escrito, no porque sea palabra de Dios, sino porque es palabra de hombres.
Durante siglos la palabra equivale a un certificado, a un acuerdo comercial, a un compromiso matrimonial. De nada valdría escudarse diciendo que la están reformando. Pero hoy se ve que quedan pocas personas de palabra.

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