A por la vieja normalidad

Ana Pastor ha demostrado ser una eficaz telepastora, y su marido ni te cuento

Dentro de su aparente sencillez, en el concepto de la “nueva normalidad” viaja una carga ampulosa. Desde que la oigo por primera vez no se me va de la cabeza el Gran Hermano, el de Orwell; el Mundo Feliz, el de Huxley; el stalinismo y el nazismo, todos revueltos en una paparrucha ideológico-futurista, porque en realidad nadie sabe, ni el legislador, qué es eso de la nueva normalidad.

Él no lo sabe, pero quiere imponerla.

El primer mensaje es que nada va a ser como antes, así que prepárate, porque a lo mejor ahora es normal que entre en tu domicilio una brigada de bomberos y quemen en tu presencia todos los discos de la Sección Femenina que conserves, sean polkas, sean mazurcas.

Algo nos avanzó ayer nuestro amado conductor al referirse al 1,5 trillón de euros que desde Europa va a llover sobre nuestras cabezas, ignorante él de que el “trillion” inglés equivale al billón castellano, pues de lo contrario no habría dinero para juntarlo. ¿Será esto señal de una nueva normalidad matemática? ¿Valdrá un euro mil, y será un billón trillonario?

No se fíen, el hombre es doctor en Economía, pero con una tesis preñada de plagios.

Otro mensaje se desprende de la uniformidad con la que fuimos y somos tratados durante la alarma. Uniformidad que marca el gobierno para combatir la pandemia, pero que ahora buscaría el buen pastoreo desde la telecabaña del aprisco.

Si es normalidad, ¿por qué es nueva? Adolfo Suárez había dicho: “Vamos a elevar a la categoría política de normal, lo que a nivel de calle es plenamente normal”. Parece que ahora tratan de invertir los términos para conseguir que en la calle sea normal lo que ellos, los políticos con mando en plaza, tienen por normal, y eso es más peligroso que un oso abrazador.

Posiblemente nada será igual, pero dejemos que fluya.

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