Tino Grandío, perito en brumas

El 23 de abril de 1977 muere en Lugo preparando una nueva exposición

GALICIA ERA VERDE hasta que Tino Grandío (Guntín, 1924) la pintó de grises. Los artistas tienen esas cosas, como si les hubiesen atizado con una cachiporra al nacer y lo viesen todo de otro color.

Lo digo por experiencia. Hace menos de un año sufro un proceso monocromático a raíz de un golpe fortuito en la cabeza que me borró el arco iris y transformó toda la gama en uno solo, el naranja, como un enorme spot de Ciudadanos.

A Grandío no le hace falta ningún golpe, que se sepa. Él se tiró al gris desde que se descubre pintor porque en las mañanas de invierno de Santa Eulalia de Lousada la niebla se alía con la noche para descubrir las formas a una velocidad mucho menor que en otros lugares donde el fusco lusco matinal es casi repentino. En Lousada el proceso puede demorarse cuatro, cinco y más horas. Incluso puede suceder un día a otro sin que los contornos acaben por ser perfectamente definidos en los ojos de quienes habitan esas tierras que los pintores chinos reflejan con grandes blancos en sus cuadros, al lado de otras formas bien marcadas y coloreadas.

Castro Arines lo dice de otro modo: “Pintar el aire es como esculpir en humo, como hablar sin palabras”. Tino Grandío opta por pintar el mundo entre ocho y diez de la mañana, y eso que no es dado a madrugar, sino todo lo contrario, adicto a la noche. Camilo José Cela le dedica varios artículos y yo creo que todos salen de una misma noche en la que dejan temblando una botella de whisky. Lo arriesgo porque en las dos ocasiones _ a lo mejor hubo más _, Cela recuerda de Tino la misma idea, la de que al pintor no le da miedo la muerte, sino vergüenza.

Puede ser, pero si Cela y él se pasan una noche de alcohol para hablar de la muerte, por mucho que quiera disimularse, lo cierto es que la idea está muy presente en ambos, y motivos había para ello, porque Tino se muere a poco de superar el medio siglo de existencia, en un año en el que la media de edad de los españoles ya supera los setenta y cinco, es decir, que se queda muy por debajo, muy joven y muy breve.

Cela deja escrito que “Tino Grandío era grande y solemne, aparatoso, disparatado, sólido y vitalista, quizá por eso murió casi joven y con la vergüenza anegándole el alma y tiñiéndosela de color azafrán; al marqués de Bradomín le asediaba la vergüenza zoológica cuando se topaba con las barbas de azafrán de un marinero anglosajón”.

A su primo Alfredo Labajjo me gustaba llamarle Grandío para que se cabrease un poco y me enseñase el colmillo antes de comenzar el relato de las aventuras y desventuras que los dos viven en el Madrid de los años sesenta y setenta.

Manuel Constantino Ramón Grandío López fue un niño con actitudes, pero como ocurre ante todo infante mientras lo es, nadie, ni él mismo, es capaz de decir que este enano será en su día el gigante Tino Grandío. Lógico. Antes hubo que quemar alguna que otra etapa obligada, como rebajar con navaja las formas de algún tronco de madera, dudar entre Derecho y Medicina, cursar algunas asignaturas de Filosofía y Letras en Santiago, pintar con todos los colores de la paleta y esperar a que alguien confíe en tu propia valía artística.

En este último requisito, dicen las biografías oficiales de Tino que el primero en reconocerlo como artista fue su primo Antonio Fernández López, el hijo de Antón de Marcos. Y el segundo, su socio Álvaro Gil, dos coleccionistas de arte que no solían equivocarse por la cuenta que les traía. A partir de ahí, pensionado en Madrid y silla diaria en el Café Gijón.

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