La inmensa mayoría

Si alguien cree que Santiago Carrillo Solares (Gijón, 1915) debe ser juzgado, insultado, zarandeado o golpeado, demostrará al menos tres características: su condición de terrorista, cuán lejos está de la realidad y con cuánta inconsciencia aborda la actividad política. El que lo instiga o subvenciona demostrará, además, que es un cabrón con pintas.
Al nonagenario Carrillo, como al resto de protagonistas que pusieron en escena los acontecimientos de hace 70 años, el único juicio que les aguarda es el de la historia y el del valle de Josafat, si llega a celebrarse.
Dicen quienes justifican la salvajada de Crisol que el Gobierno ha sido el primero en romper la baraja y andar tocando las cosas de comer, como si de una acción que ellos consideran indigna pudiera derivarse otra, más indigna todavía. Sabemos a dónde conducen esos procesos por haberlos vivido cerca, tanto en el 36 como en los ochenta, de modo que no se esfuercen en ganar adeptos por esa vía, pues de sólo imaginarlos sobre el papel producen sarpullidos.
El mismo argumento debería estar presente entre los que se dicen demócratas cada vez que la violencia asoma su patita en las agresiones a partidos y políticos, y ya no digamos cuando se muestra con descaro en actos terroristas, de intimidación o de coacción. Son caminos tentadores, pues se observa que con muy poco esfuerzo y escaso presupuesto se obtiene de ellos una gran rentabilidad política.
Los agresores de Carrillo, los cachorros de la kale borroka, los gamberros de la noche y los latin king son tan parecidos como Pili y Mili; todos quieren imponerse a los demás por medio de las sarracinas, el vandalismo y la intimidación. Son pocos, la verdad, pero se hacen notar lo suficiente como para causar honda preocupación a la inmensa mayoría de Blas de Otero, que sigue pidiendo la paz y la palabra porque su grito no pierde vigencia con el paso del tiempo.

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