De Viveiro a Paraguay, pasando por la selva

Francisco Saturnino, un vagabundo, fotógrafo ambulante, hortelano y centenario

SIENDO UN MUCHACHO, Francisco Saturnino Martínez (Viveiro, 1847), deja la ciudad del Landro y se desplaza a la del Masma, Mondoñedo. Luego va a Ferrol, donde permanece hasta 1895 gracias a la Fundación Amboage.

Su siguiente destino es Lisboa. Han crecido en él las ansias de conocer nuevas tierras y se aventura fuera de Galicia. Hay razones de peso para suponer que en esta ciudad se hace con un cajón fotográfico y se dedica a la fotografía minutera.

El cajón sirve de elemental laboratorio para obtener el negativo y el positivo de una imagen que tarda unos diez minutos en fijarse, de ahí el nombre con el que este oficio es conocido.

De Lisboa a América, donde también ejerce como fotógrafo lambe-lambe, en denominación autóctona. Vaga por Brasil llevando consigo el cajón y plasma en su cámara oscura miles de tipos. Sus pasos le llevan a internarse en Bolivia. La cruza, llega a las inmediaciones del lago Titicaca y entra en contacto con tribus aimaras o collas, cuando el padre de Evo Morales es un chaval.

Algo ocurre entonces, pues los aimaras dan en pensar que es un curandero. Es posible que la cámara lambe-lambe y su portentosa capacidad para reflejar en papel su imagen les lleve a esas conclusiones.

En consecuencia, le piden que cure a sus enfermos y Francisco Saturnino, antes de decirles la verdad, opta por dar pábulo al erróneo juicio que de él se hacen aquellos hombres y se mantiene en su papel de falso menciñeiro.

También confesará después que utiliza agua azucarada, en la seguridad de que si no cura, tampoco mata, aunque vaya usted a saber qué dolencia estaba tratando. Ignoramos el tiempo que se prolonga este contacto con los aimaras, ni si sale por piernas, con nocturnidad o en medio de ovaciones de gratitud, pero el caso es que logra proseguir su actividad de trotamundos sin mayores contratiempos.

Su destino es ahora el Paraguay. Es posible que en esos momentos tenga ya sobre sus espaldas más de setenta u ochenta años, y debemos pensar también que busque un lugar donde establecerse, abandonando para siempre el pindongueo.

Ese lugar va a ser Asunción, la capital paraguaya, donde se encuentra a gusto y donde comienza a trabajar la tierra, que fue siempre su segunda gran pasión, después de ver mundo a golpe de calcetín.

Cerca ya de convertirse en centenario, alguien advierte sobre la edad de Francisco a la Sociedad Española de Socorros Mutuos, presidida por Juan Gastón Navarro, quien le ofrece plaza en el Hogar Español, ante lo cual Francisco se muestra reticente:

_ Solo entraré como residente en el Hogar Español si se me encomienda un trabajo.

_ ¿Y qué tipo de trabajo le parece bien a usted?

_ Si se puede, me encanta trabajar la tierra.

Y así es como el trotamundos entra en el Hogar Español y desde el primer día se pone al frente de su azadón en el huerto. Y no solo eso. Previos a la entrada principal del Hogar existen dos escalones que muchos de los residentes ya no son capaces de salvar sin ayuda de una o dos personas. Una será el centenario Francisco.

El 19 de marzo de 1947, las monjas y los residentes en el Hogar organizan una pequeña fiesta porque su amigo el hortelano cumple sus primeros cien años de vida. Gastón Navarro comenta su caso con el periodista luso-gallego Avelino Rodríguez Elías y éste publica un reportaje en La Noche de Santiago.

Avelino observa que en su mesilla de noche existe un despertador. “Naturalmente _ le dice el anciano _. No quiero llegar tarde cada mañana a mi trabajo en el huerto”.

Comenta