Isidoro Blanco, el pequeño gran organista

Juan Montes no concurre a ningún certamen con el Orfeón si antes no recibe el visto bueno de su amigo Blanco

LA LEYENDA DEL maestro Montes _ probablemente cierta_, dice que no concurre a ningún certamen con su orfeón, si antes no escucha el programa a presentar el organista de la catedral, al que sustituirá, su amigo Isidoro Tomás Blanco y Fernández (Lugo, 1824), tan gran músico como diminuta es su estatura.

No tendría nada de extraño, porque Blanco goza de ´autoritas´ ante Montes y ante cualquier aficionado pues sus conocimientos están contrastados.

Aunque se desconoce el día exacto de su nacimiento, tuvo que ser alguno de los que ahora recorremos de hace 196 años, ya que su bautismo se celebra el 31 de marzo en San Pedro.

Con ocho años ingresa como niño de coro de la catedral, bajo la batuta de Francisco Reyero, racionero encargado de la música, y el organista Francisco Mogrovejo.

Al parecer, Blanco es descubierto cuando realiza una pintada subversiva en las paredes de la catedral contra Isabel II, lo que le valdría el título de pionero en delitos de propaganda ilegal. También le cuesta la continuidad en la catedral. “Tú no sirves para la iglesia”, le dice un canónigo. Y Blanco se marcha.

Toca el flautín en la Banda de la Milicia nacional de la ciudad y luego se traslada a Madrid para estudiar en el Conservatorio y ser discípulo de Pedro Albéniz y de Carnicer. Fuera de él recibe clases de Román Jimeno, y entre todos lo capacitan para que el marqués de Peñaflor lo contrate como maestro de música.

En esa condición se traslada a la casa del marqués en Écija, para ser profesor de sus hijas, las futuras duquesa de Medinaceli y marquesa de Villaseca. En Écija también ejerce como organista de Santa Bárbara y director de piezas de zarzuela en su teatro.

Al anunciarse la oposición a la plaza de organista de la catedral lucense de Lugo, obtiene el segundo puesto, pero la ocupa por negase el ganador, Miguel Mir, a recibir las órdenes eclesiásticas.

Blanco inicia entonces una intensa actividad musical en Lugo, donde todos aprecian sus salidas ingeniosas y comprueban a diario su escasa estatura.

A él se deben los primeros conciertos de música italiana de la ciudad. Organiza recitales en el Casino, canta, crea orfeones y una academia, compone, escribe artículos sobre música, es pianista del Círculo de las Artes, ejerce como jurado y preside la sección filarmónica del Liceo artístico y literario.

Algunas de sus obras de carácter religioso son el Santo Rosario y Gozos a la Virgen y a Nuestro Señor de la Sangre, para voces y orquesta; Misa, Santo Dios Corazón Santo, Despedida al Corazón de Jesús, Lamentos a la Virgen de los Dolores, Gozos a la del Amor Hermoso, a la Asunción y a San Roque; motetes y arias.

Entre las profanas, el Himno para la inauguración del Liceo; el Himno a Calderón de la Barca, una Serenata y una Romanza.

Su muerte, ocurrida en Lugo el 7 de noviembre de 1893, es trágicamente anunciada un mes antes por la prensa con rasgos dramáticos. Informa un corresponsal afincado en la ciudad que desde mediados de septiembre el maestro Isidoro Blanco, “uno de los pocos organistas de España que ha brillado en el Conservatorio nacional, se encuentra enfermo con una afección cerebral de la cual probablemente no curará jamás”.

Y añade que “su cabeza se ha desorganizado a los 71 años”, lo que permite intuir una demencia senil. Su categoría musical viene refrendada por las citas que de él hacen los diccionarios de Saldoni y Pedrell.

Lega su biblioteca al Conservatorio Nacional para que sea utilizada por los alumnos pobres.

Comenta