Cuatripartito

Estamos en el supuesto de que el tripartito pierde la mayoría absoluta, de que se pierden electores y participación, de que pierde el Plan Ibarretxe, de que gana bastante ZP y de que ETA gana muchísimo. Del gobierno que pueda salir de ahí, mejor guardar silencio por ahora, aunque se intuye que el diálogo propuesto por los socialistas se traducirá en su acuerdo con el PNV. Esta vez, si se confirma esta posibilidad, no parece que haya ningún Nicolás Redondo que ponga inconvenientes a los niveles de reivindicación nacionalista para que los dos partidos formen ejecutivo.
Es un supuesto no sólo obligado por la falta de resultados definitivos _ casi lo son al filo de las diez de la noche _, sino también por desconocer qué componendas puedan estar pasando por las cabezas del lehendakari en funciones y del presidente del Gobierno, que ya han hablado largo y tendido sobre la tarde-noche de hoy hace unas cuantas semanas.
Pero en el terreno de las realidades y sin necesidad de esperar a mayores confirmaciones de futuro, el resultado de las elecciones vascas de ayer supone la reedición de las peores perspectivas para la normalización política en Euskadi, ya que el panorama inmediato se dibuja con escaños favorables a la estrategia terrorista, con dinero institucional para los enemigos de las instituciones, con la promesa de un referéndum para aprobar el plan soberanista que se tercie, sea de Ibarretxe o de Patxi, y con el endurecimiento de las condiciones de vida para todos aquellos vascos que no se dobleguen a la dictadura, entre otras cosas, porque el Pacto Antiterrorista fluye camino del sumidero.
Alguien ha dicho en estas primeras horas de recuento que los quince escaños de San Gil son el istmo que liga al País Vasco con España. No todos los socialistas estarán de acuerdo con la definición, pero los que cortan el bacalao, sí.

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