Valenciano

Desde que Zaplana crea la Academia Valenciana de la Lengua en el 2001, con atribuciones que venía desempeñando la Real Academia de la Cultura Valenciana, la lengua oficial de esa comunidad, la que sirve para cobrar subvenciones y redactar las notas de prensa de las consejerías, sufre un proceso de acercamiento hacia el modelo catalán siguiendo la estela de las llamadas bases de Castellón, en contra de las normas del Puig, que defienden las características históricas del valenciano. Este proceso está en manos de los que en Valencia llaman pancatalanistas, enfrentados directamente con quienes apoyan una visión más autóctona de sus normas lingüísticas.

Pero a su vez, el catalán resultante de la gramática de Pompeu i Fabra de 1913 es una mezcla de las normas valencianas y el barceloní, con lo cual podría decirse que el valenciano tiende a ser valenciano de nuevo a través del catalán.

Toda esta ensalada de normas y decisiones políticas sobre la lengua que debe ser hablada o no, además de producir artificios de colorines, no guarda ninguna relación con el hecho de que un señor diputado de ERC se plante en el palacio de la Moncloa y sea recibido por un presidente del Gobierno con el escroto ahorquillado, débil y tembloroso.

Ya no se trata de que el Gobierno se encuentre cómodo en el arte de rectificar, sino en el de gobernar. El apretón de manos que ambos personajes se dan a las puertas de la Moncloa, y que deben repetir para que lo capten algunos fotógrafos despistados, no es un gesto protocolario, sino una estampa costumbrista con la que el Arniches de turno podría ilustrar la España del 2004. Es la estampa que nos espera ver en repetidas ocasiones de aquí a la próxima convocatoria electoral. Una estampa caricaturesca e infumable que debe avergonzar al PSOE por el síndrome de dependencia manifiesto, y al PP, por haberla favorecido desde la creación de la AVL.

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