Santamarina, mecenas del gallego llegado de Nueva York

Enrique y su hermano Leonardo impulsan en 1963 el nacimiento del primer diccionario sistematizado

CUANDO LE PREGUNTAN a Enrique Santamarina Becerra (A Fonsagrada, 1910), si hubiese alcanzado el mismo rango científico en caso de no marchar a los EE.UU., su respuesta es rotunda: “Definitivamente, no; seguiría siendo veterinario inspector en cualquier pueblo de España”.

La pregunta se la plantean hace más de cincuenta años, pero la respuesta de hoy sería similar.

La familia de Enrique es muy conocida. Uno de los miembros actuales es su sobrino, el lingüista Antón Santamarina, casado con María do Carmo Ríos Panisse. Luego sus hermanos Antón y Leonardo, el director de Lenguas Romances, también en la Universidad de New Jersey, hasta que muere en 1987. Y los otros, Mario, Benxamín, Flora, Alfredo y Margarita.

Enrique muere el 11 de febrero de 2005. Se había doctorado por la universidad de Ohío y fue doctor emérito en el Cook College, en la Universidade de Rutgers, profesor de la Universidad de Nueva Jersey y destacado especialista en Patología y Endocrinología.

El año 1947 se exilia tras ser acusado de colaborar con los maquis. Va a Norteamérica, donde ya está su hermano Leonardo. Siendo ya veterinario, pero todavía estudiante allí, forma pareja con Phyllis Joyce Lytwin, una norteamericana que acabará cantando aires de A Fonsagrada y preparando butelos, aunque esto último no es tan sencillo a ese lado del Atlántico. Para favorecer la evolución, la mujer pasa a llamarse Felicia, y para acercarse a la música, ingresa en el coro Airiños, de la Casa de Galicia de Nueva York, en cuya inauguración se encarga de interpretar el Himno Galego de Pondal y Veiga.

Felicia estudia castellano, pero como no encuentra clases de gallego, opta por matricularse en portugués y malo será que no le sirva para reciclarlo después en la lengua rosaliana. Ni a Carballo Calero se le habría ocurrido.

La galleguización de Felicia la lleva también a ganar un premio de pintura con una obra inspirada en un poema de Rosalía, la de Castro, claro.

Enrique también toca la gaita y conserva el acento gallego como si no hubiese salido de la aldea de San Martiño de Suarna, donde nace. En 1963 los dos matrimonios Santamarina realizan un viaje por Galicia. En Lugo, donde Enrique conoce a Ánxel Fole desde que estudia en la ciudad, participa una o dos tardes en la tertulia del Méndez y de ahí surge una entrevista que firma Luis Rodríguez en El Progreso.

Aunque ambos hermanos suelen venir a Galicia con frecuencia, el viaje de aquel año es especial. Han organizado una fiesta a favor de la cultura gallega para reunir fondos y fundar el Instituto Filológico y Lingüístico en la Fundación Penzol y para preparar un primer volumen de documentos en gallego antiguo.

Asimismo, el fin es comenzar los trabajos para conseguir un futuro diccionario, algo que en aquellos momentos se ve muy lejano.

Los estudios se inician en A Fonsagrada por parte del filólogo Aníbal Otero y se pretende que después se estudie el gallego de otras zonas. Ésa era su idea.

Por otra parte, los Santamarina entregan a la Academia en A Coruña un cheque de 100.000 pesetas para su instalación en su actual local que cede la condesa de Cavalcanti, hija de Emilia Pardo Bazán.

Por si fuera poco, los dos hermanos hacen entrega de 700 dólares al Sanatorio de Niños de Oza dos Ríos, como continuación de donativos anteriores, y con motivo del centenario de Cantares Gallegos, traen 18.000 pesetas para la hija de Rosalía, Gala Murguía, como homenaje de la Casa Gallega de Nueva York. Gala tiene entonces 92 años.

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