Acevedo, un frenólogo precursor de Julio Verne

El ribadense se adelanta al francés con su novela Una temporada en el más bello de los planetas

AYER SE CONMEMORÓ el nacimiento de Verne, el gran anticipador, pero Tirso Aguimana de Veca le aventaja en asuntos espaciales y en su llegada a la ciencia ficción, reconocido como veremos por especialistas internacionales. ¿De quién se trata?

Ese florido nombre se obtiene después de arrojar sobre el papel las letras de Agustín María Acevedo, (Ribadeo, 1806). que es como le ponen sus padres, con un añadido final de Rodríguez que lo hace ribadense.

Su amigo Gumersindo Laverde le recomienda que use seudónimo, quizás porque teme que la novela, de tan avanzada que era, le haga daño a su reputación médica.

En efecto, si Agustín fue médico, Tirso fue novelista en 1870, cuando publica Una temporada en el más bello de los planetas.

Su argumento se resume en pocas palabras. Dos congéneres del planeta Tierra, un científico alemán llamado Leynoff y un muchacho español de nombre Mendoza, se enfundan en sendos trajes espaciales y aprovechando que sopla el Cierzo, viajan hasta el planeta Saturno como quien va a La Bañeza por la mañana y vuelve por la tarde.

Brian J. Dendle, de la Universidad de Kentucky, opina que “por la originalidad de su propuesta, precede a un autor, Julio Verne, de marcado interés por los avances de la ciencia en sus novelas científicas. En su utilización de una perspectiva extraterrestre para satirizar las costumbres terrestres, Una temporada… se adelanta a formas más tardías de ciencia ficción.”

Hay que ver éstos personajes de A Mariña el tiempo que le dedicaron a la navegación aérea, porque entre Aguimana de Veca, Ubaldo Pasarón y Lastra y Tomás Mariño Pardo revolucionan el transporte humano por los aires de una sentada.

Para ubicar bien en el tiempo Una temporada… hay que tener en cuenta que Tirso, o sea, Agustín, la escribe veinte años antes de que se publique, con lo cual se anticipa en quince a De la Tierra a la Luna, de Julio Verne.

De poco le vale al genial Aguimana de Veca, porque hoy Verne es conocido de todos y él, de casi nadie. Siempre nos pasa lo mismo, que no sabemos vendernos.

Agustín es director de los baños de Caldas de Besaya (Santander), desde 1871 y allí va a morir el 2 de junio de 1874, a punto de cumplir 68 de edad. Antes lo había sido de los de Arteixo.

En Oviedo se distingue en su lucha contra la epidemia colérica de 1854 y en el 1839 atiende con el mismo éxito a los afectados por fiebre tifoidea en Santa Eulalia de Oscos, en Noyorio y en otros puntos, por lo que es felicitado en diversas instancias.

Asimismo, el padre de la frenología española, Mariano Cubí y Soler, lo cita en La frenología y sus glorias (Barcelona, 1853), lo cual nos indica que fue una figura destacada en ese campo. Cubí subraya sus aportaciones sobre el modo de funcionar el sistema nervioso por medio de lo que Acevedo denomina el “fluido eléctrico animal”. Lo que este sabio español ha dicho sobre la materia es nuevo y se halla, en unas series de artículos insertos en el Boletín de Medicina, Cirugía y Farmacia”.

En octubre de ese mismo año, 1853, el rector de Oviedo, Domingo Álvarez Arenas, le encarga la cátedra de Historia Natural y antes ya había ejercido la medicina en Castropol, Villaviciosa y Avilés, para lo que se instruye en la Universidad de Santiago. Su padre había sido el jurisconsulto asturiano Romualdo Acevedo Rivero.

Como ven, hemos recorrido su biografía al revés, lo propio para hablar de un hombre capaz de imaginar la rotura del tiempo en su original argumento literario.

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