Rodil, el último español de América

El de A Fonsagrada capitula el 22 de enero de 1826, trece meses después que el resto de las tropas realistas

EL FUTURO VIRREY de Navarra y marqués de Rodil, José Ramón Rodil y Gayoso Campillo (A Fonsagrada, 1789), es el último combatiente realista en capitular ante los insurgentes de América, trece meses después de que las tropas leales al rey pierdan la decisiva batalla de Ayacucho. Algo así como los últimos de Filipinas en ese otro continente.

Había nacido en Santa María de Trobo y la invasión francesa le pilla estudiando en Santiago, por lo que se enrola en el Batallón Literario. Tras participar en docenas de acciones militares en América, la historia lo coloca el año 1824 al mando de la plaza y puerto de El Callao, en Perú, cuando la corona española ya da por perdidas sus posesiones en el continente.

Sin embargo el militar lucense va a prolongar durante trece meses más el control realista sobre ese enclave, resistiendo a un asedio en el que mueren gran parte de los tres mil soldados con los que se inicia esta gesta individual de tintes románticos, heroicos y también irracionales, que todo sea dicho.

Para asegurar la resistencia, Rodil mantiene la disciplina de la tropa con mano firme y no duda en ajusticiar a todos aquéllos que conspiran para pasarse al bando de los insurgentes, incluido a su capellán.

El episodio lo cuenta el escritor Ricardo Palma, con simpatías por la causa rebelde, por supuesto. A Palma le solicitan de Roma que investigue quién es el personaje que figura en una estampa, donde se plasma su fusilamiento en un ataúd, la misma que figura en este cromo.

El historiador descubre que se trata de fray Pedro Marieluz nacido en Tarma hacia 1780 en el seno de una familia de posibles y ordenado en Lima. Alejado de las ideas independentistas, permanece fiel al Rey. “Marieluz era más realista que el Rey”, dice Palma.

Cuando Rodil toma posesión de los castillos de El Callao, Marieluz se une a él como vicario castrense y como tal continúa cuando el general mantiene la bandera española después de Ayacucho y a la espera de un milagro.

Para el día de la Virgen de las Mercedes de 1825, se prepara un motín interno, encabezado por el teniente Montero, que lidera a los descontentos con Rodil, a los desmoralizados por el escorbuto y a los pesimistas. Un chivatazo informa al fonsagradino de las intenciones revolucionarias y éste ordena apresar a los implicados, o sospechosos de estarlo, que suman 13 oficiales.

Como ninguno suelta prenda, decide fusilarlos a todos, sean justos o pecadores, previa confesión religiosa por parte del padre Marieluz. Además, Montero contrae matrimonio minutos antes con una joven para convertirla en su viuda inmediata.

Pero no contento con las trece muertes, a Rodil le roe la duda de saber si bajo su mando quedan otros implicados en el fallido golpe y llama a Marieluz para que le revele lo confesado por los oficiales ajusticiados en el sentido de señalar a otros que permanecen con vida.

Según Palma, Marieluz le responde: “Mi general, usía me pide lo imposible, que yo no sacrificaré la salvación de mi alma revelando el secreto del penitente así me lo intimara el mismo Rey que Dios guarde”.

La reacción del general es fulminante:

_ ¡Fraile! ¡O me lo cuentas todo, o te fusilo!

Y claro, no se lo contó. Resultado de lo cual es la orden dirigida al capitán Iturralde para que forme a cuatro soldados y realice otra ejecución sumarísima, la del padre camiliano Pedro Marieluz.

Y ésa es la escena que se representa en la estampa que Roma quería descifrar.

Regresado a España, a Rodil le aguarda todavía larga vida militar y política, como presidir el Consejo de Ministros.

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