El cine de Garci y Mercero en su cabeza

El guionista de Rábade escribe todos los guiones de estos dos directores después de triunfar en Cannes

PARA MUCHOS LUCENSES que lo conocen, es una auténtica sorpresa descubrir que detrás del nombre H. Valcárcel con el que se firma la película Miguelín, premiada en Cannes (1965), se esconde Horacio Valcárcel Villar (Rábade, 1932), exalumno de los Maristas y del Instituto Masculino, y compañero por tanto de la generación que entonces discurre entre los treinta y los cuarenta años.

Él, los hermanos Coira y Chema Prado, hacen que Rábade luzca el pomposo título de capital gallega del cine, como la cita siempre el escritor y cinéfilo Chema Paz Gago.

Fue el momento en el que todos ellos presumen de conocer a uno de los triunfadores de Cannes, el hijo de Sergio Valcárcel Rodríguez, capitán de Transmisiones de la Guardia Civil.

De Lugo marcha a Madrid para hacer Derecho, lo que compagina con un puesto en el Banco de España, hasta que lo deja todo, y cual crisálida larvaria, se matricula en la Escuela Oficial de Cinematografía para hacerse director.

En realidad, Lugo debería estar al tanto de la actividad de su paisano, pero nadie sospecha que es él cuando el 10 de abril de 1964 el Cinefórum Lugo organiza una proyección en el Cine España donde se incluyen varios cortos de los nuevos directores españoles, y uno de ellos, precisamente el titulado La cinta, lo firma un tal H. Valcárcel. Algunos de sus compañeros de sesión cineclubista son Mario Camus, con El borracho; Francisco Regueiro, con Sor Angelina y Despedida de soltero, de José Luis Viloria. Son las opera prima de cada uno de ellos.

Antes y después de Miguelín, Valcárcel va a rodar piezas para el No-Do y programas de televisión, como el reportaje sobre Ubrique, dentro de Pueblos que se valen por sí mismos, o la biografía de Concha Espina. Prepara El pájaro ciego, que se rodaría en Galicia sobre el Camino de Santiago, pero la coproducción hispano-italiana sufre retrasos que van a ser decisivos para que Horacio abandone la dirección y se decante por un trabajo más individual y menos dependiente de decisiones ajenas, como es la elaboración de guiones, donde realmente va a triunfar con las mejores series y películas de José Luis Garci y Antonio Mercero.

Toda la filmografía de estos dos directores parte de textos de Horacio Válcarcel y citar aquí los títulos es repetir la obra completa de cada uno de ellos.

En el medio queda casi como excepción ese Miguelín premiado en Cannes dentro del apartado de cine infantil y juvenil. Contaba Horacio que una tarde en Madrid se sube a un autobús y se sienta al lado de una señora con su nieta. La mujer tiene dificultades para leer el periódico y le pide al cineasta que le busque en la cartelera una película de niños para llevar a su nieta.

Sólo localiza una en todas las salas de Madrid y para eso, ya la ha visto la niña.

Este inocente encuentro lo lleva a concluir que apenas existe cine infantil. Y de ese resultado parte el rodaje de Miguelín, basado en un cuento de Aguirre Bellver, que también colabora con Horacio en el guión.

Lo protagoniza Luis María Hidalgo, un barquillero de 10 años seleccionado entre todos los que entonces existen en la capital. Horacio estaba entusiasmado con él: “Es el rey de los barquilleros. Donde él se pone a vender, los demás se marchan, pues no se atreven a competir”.

Por supuesto, Luis María no había hecho cine y como su director dice, “ni lo volverá a hacer”. Vende barquillos en Argüelles para ayudar a la subsistencia de sus padres y de sus doce hermanos. Me acuerdo de haberlo visto por Princesa adelante.

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