Cándido Veres, el héroe analfabeto

Gana la Medalla Militar al Mérito personal por una acción en los montes Torozos con la que hace siete prisioneros

EN LA GUERRA civil tres lucenses merecen la Medalla Militar al Mérito personal dentro de las tropas nacionales. Dos oficiales, el comandante Saavedra y el comandante de Sanidad García Zabarte, hijo del general del mismo apellido, y un soldado analfabeto, que lo seguirá siendo hasta su temprana muerte, Cándido Veres Rivera (Guitiriz, 1916).

En realidad, Cándido Veres había nacido en el municipio de Trasparga, que comienza a denominarse de Guitiriz en 1945.

La acción en la que Cándido se gana la medalla tiene lugar el 9 de enero de 1938 en la posición de los montes Torozos del frente de Extremadura, en Monterrubio, ocupada por el Tercio de Requetés de Navarra.

De acuerdo con el razonamiento de la Orden 18-I-1940 del Ministerio del Ejército, se produce un duro ataque de las tropas republicanas y en el momento de mayor peligro, “con elevado espíritu y desprecio de la vida”, Cándido se presenta voluntario para tomar parte en las misiones más arriesgadas y logra hacer prisioneros.

Años después, Cándido cuenta a Ángel de la Vega para ser publicado en El Progreso cómo un sargento de Navarra, un cabo de León y él se adelantan para hacerse con dos tanques. Y más adelante, él solo se las arregla para desarmar a siete soldados que quedan como prisioneros.

Extrañado el periodista de que él solo pudiese reducir a siete hombres apuntándoles con un solo fusil, Cándido encuentra una única explicación: “Debieron creer que éramos muchos más los que estábamos allí”.

La distinción propuesta por el comandante Castro Tellechea y el teniente de Lera, la recibe Cándido en los momentos previos al desfile de la Victoria de 1939, una vez acabada la guerra. Naturalmente, en compañía del sargento navarro y el cabo leonés.

A partir de entonces cobra 400 pesetas al mes. El soldado hace méritos para ello, pues interviene en los frentes de Asturias. Brunete, Talavera de la Reina, Extremadura, Teruel, “y otros varios”, dice él mismo, cansado de rebuscar en la memoria los lugares en los que batalla.

_ ¿Qué hay que ser para ganar una medalla así?, le pregunta De la Vega.

Y él responde:

_ O muy valiente, o muy cobarde.

_¿Y usted qué era?

_ Muy valiente. Jamás en la vida tuve miedo a nada. No me importaba mucho morir,

_ Era usted un temerario.

_ Eso decían mis jefes.

Y no mentía el soldado de Lugo, pues a los dos días de su hazaña individual es herido de bala por debajo de la rodilla, y aún siendo lesión suficiente para una convalecencia en cama, prefiere quedarse en el frente y renunciar al hospital.

En otra ocasión deja la línea de sus tropas en Monterrubio como paquete de un motorista y de repente se ven rodeados de enemigos por todas partes. La inconsciencia, más que la valentía, encuentra entonces recompensa, pues ambos escuchan que los republicanos dicen: “Dejadlos pasar, pues detrás de estos vendrán muchos más”.

Al terminar la guerra, con medalla, pero sin estudios, al hombre no le queda otra que ponerse a trabajar como peón en la construcción. Más adelante, quizá por ser quien era, obtiene un puesto en los servicios municipales de limpieza de Lugo, y años después entra en el Parque de Bomberos. Vive en el barrio de Miñones.

Cuando tiene 36 años sufre una grave fractura de pelvis que le resta movilidad. Un segundo accidente en 1961 le causa la muerte, cuando al internar pasar de un vagón de tren a otro en el apeadero de Begonte, cae y las ruedas de uno de ellos le seccionan el cuello y un brazo.

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