Instruye el levantamiento de Tremp y combate en Manila a los insurrectos

El de Viveiro es apartado del caso Prim por citar a un diputado que considera sospechoso

MAÑANA SE CUMPLEN los 149 años de la muerte de Juan Prim, uno más de los muchos atentados que España tiene pendientes de esclarecer, como lo demuestra la reciente publicación de nuevas aportaciones sobre lo ocurrido en la madrileña calle del Turco el 27 de diciembre de 1870 y las horas posteriores hasta el fallecimiento del presidente del Consejo de Ministros y el complot previo.

Uno de los juristas que participa en las acciones desencadenadas por el atentado es Servando Fernández-Victorio (Viveiro, 1836), nacido en Galdo. Es alumno del colegio que funda en la ciudad María Sarmiento, la mujer de Gómez Pérez das Mariñas, cuya familia ya tiene cromo en esta colección.

Hace Derecho en Santiago y es promotor fiscal de Viveiro, antes de recorrer destinos en O Barco de Valdeorras y Xinzo de Limia (Ourense), e Igualada (Barcelona), donde le pilla el levantamiento republicano de Tremp. Es nombrado para instruir el sumario, lo que le obliga literalmente a saltar las barricadas que allí se montan, en compañía del gobernador y la Guardia Civil.

Este valiente comportamiento se recompensa con el ascenso a uno de los juzgados de Barcelona, donde de nuevo va a dar pruebas de su entrega en 1869, cuando la fiebre amarilla causa una alta mortalidad en la Barceloneta. El ayuntamiento le concede entonces un diploma y una medalla conmemorativa.

Al poco tiempo es llamado a Madrid para instruir, como juez especial, la causa contra los asesinos del general Prim, prueba del prestigio alcanzado. Pero es un regalo envenenado y un berenjenal de sospechas y traiciones.

Debido a su íntegra actuación, sin someterse a coacciones, es apartado de la causa y destinado a las audiencias de Cáceres, Burgos, y más adelante, Manila.

El comentario popular nunca demostrado es que Fernández-Victorio llama a declarar a determinado diputado que cree sospechoso. Como curiosidad, de su instrucción rescatamos una de las listas de testigos citados para deponer en su presencia, antes de ser apartado:

“Dos jóvenes, vestidos de gabán, uno con sombrero hongo y el otro con gorra galón blanco y dos letras, que entraron en la portería de la casa núm, 68 de la calle de Alcalá, los cuales pidieron al portero agua y vinagre. A un caballero y una joven que con un niño entraron en la casa de vacas del número 66 de la calle de Alcalá, donde se refugiaron por haber oído unos tiros. Al cochero de punto en la plaza del Rey. A una señora con tres niños pequeños, acompañando al coche y a pie la criada y dos niños mayores de dicha familia…”

En Manila se encuentra con un tapón de siete mil causas sin resolver que él satisface en poco tiempo, pero su estancia allí vuelve a coincidir con otra revuelta, la insurrección tagala y la guerra hispano-yanqui.

Se opone a la capitulación de Manila y un historiador escribe de él que no llega jamás a perder la serenidad ni se deja abatir por los reveses. Convierte la Audiencia de Manila en un bastión contra los insurrectos. “Alma y vida de aquel generoso movimiento fue nuestro ilustre y benemérito Fernández-Victorio”.

Estaba casado con una hija de su paisano Vicente Manuel Cociña. De vuelta en la península es destinado a presidir la Audiencia de Oviedo, donde se jubila. Se retira a Barcelona, para morir de una angina de pecho el 20 de agosto de 1907.

También había sido diputado a Cortes por el distrito de Lalín y consejero de Administración de Filipinas.

Comenta