A Greta, la cabreada

Greta y los Garbo

Querida Greta: Espero que al recibo de la presente te encuentres mejorada de tu disgusto. Nada nos alegraría más que ver cómo aflora la sonrisa enmarcada entre esas dos trenzas tuyas, tan escandinavas, tan pastoriles, que diríanse velas en el altar del conservacionismo activista militante.

Tienes razón cuando dices que te han secuestrado la infancia. Secuestrado, robado o masacrado. Te equivocas profundamente al señalar quién es el culpable. A veces, una persona normal tarda toda una vida en averiguarlo. Seguro que tú lo consigues en menos tiempo.

Entiendo que has elegido un camino difícil, lleno de trampas y de renuncias: a la carne, al avión, a Disneyland. Vas a necesitar varios asesores para que te eviten situaciones comprometidas y contradictorias con tu evangelio, como son las fotos al lado de pantallas, micrófonos o sillones en desacuerdo con tus parámetros de conducta sana, como ya te ha ocurrido a las primeras de cambio.

Así se explica que en estos pocos meses de activismo que llevas encima se haya acuñado el convencimiento general de que atacarte a ti es tanto como ciscarse en la madre de los leones del Serengeti, como negar el efecto invernadero, o como propalar que Ghandi se acostaba con menores.

Y ahí sí que no, Greta del alma querida. En este juego del activismo y mercadotecnia no vale rodearse de cinturones sanitarios para protegerse de las críticas. Todos los que lo intentaron arrastran hoy la fama de ser unos redomados fascistas y tú no querrás caer tan bajo, sobre todo ahora que estás a punto de ser mayor de edad y nunca más volverás a ser esta niña respondona que canta las cuarenta con tanta energía que parece la nuclear, con perdón.

Por cierto, en el Big Bang, las glaciaciones y la desaparición de los dinosaurios no había ni un hombre a la redonda.

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