Antonio, el gigante de Barreiros que no fue pívot

Seleccionado para el equipo nacional en la Operación Altura de 1961, renuncia a las pocas semanas

LA OPERACIÓN ALTURA de 1961 localiza a cinco muchachos que rondan los dos metros, o los superan. Los responsables se ponen muy contentos y lanzan las campanas al vuelo antes de saber si su hallazgo sirve para algo.

Al frente de la leva deportiva se encuentra Joaquín Hernández Gallego, excelente jugador, reconocido entrenador y magnífica persona, que está al frente del Hesperia, pero que pronto pasará a la sección juvenil del Real Madrid y a su primer equipo, que dirigirá al mismo tiempo que la selección nacional. Cosas de antes

El 16 de septiembre de ese año viaja a Lugo para entrevistarse con José Antonio Santiso, presidente de la Federación Lucense y pieza clave en el descubrimiento que Hernández viene a confirmar.

Se trata de Antonio Martínez Pérez (Barreiros, 1938), joven pero talludo secretario del club de fútbol de San Miguel de Reinante, dedicado al negocio familiar y que jamás en su larga vida _ a lo alto _, tuvo relación con el baloncesto más allá de saber que hay un aro y que se bota una pelota.

Pero al decir de los olisqueadores, Antonio es una joya. Mide 2,14, una cifra que les pone los dientes largos para especular resultados: “Con que lo tengamos al lado de la bombilla y se le pasen balones, el tío se estira y los mete”.

Hernández va a Reinante, conoce a Antonio, habla con la familia y llegan a un acuerdo.

El siguiente paso es concentrarlos en la residencia del Gimnasio Moscardó de Madrid y someterlos a una inmersión cruenta en el mundo canastil para ver qué pescados traen las redes.

Ya no se habla de cinco, sino de tres. El de Lugo, de 23 años; otro chico de Vigo llamado Alfonso Álvarez Fernández, de 18 años y 1,90 m y otro de Béjar, Valentín Vázquez Sánchez de 2,01 m. Se estima que todavía pueden crecer más, porque de hecho Alfonso gana 4 centímetros en el último año.

El plan consiste en dos horas y media de entrenamiento con pelota y algo más, sin ella. El chico de Vigo, que ya era jugador del Areosa, dice que les exigen mucho tiro, muchas suspensiones… “quieren hacer de nosotros unos atletas”. Lógico.

Entrenan solos o con los del Hesperia, y semanas después, con los juveniles del Real Madrid. Además el vigués estudia para aprobar el ingreso en la escuela de aparejadores. Antonio no estudia, así que hay que imaginarlo muchas horas del día con la mente puesta en el Cantábrico, en su familia, en el arroz con bogavante.

No les comentan los resultados, ni si van bien o van mal. Alfonso, más acostumbrado, lo entiende y aplaude que sean prudentes con ellos. Antonio, no. Se desespera y no se ve de pantalón corto. Del de Béjar ya ni se habla.

Cuando arranca diciembre como ahora, llega el final de la aventura. Las impresiones de Hernández y sus colaboradores no son buenas. Antonio es torpón. Será todo lo alto que quieras, pero no está hecho para el baloncesto. Ni le interesa, ni le acompaña la mínima coordinación muscular que el deporte exige. Y lo que es peor, jamás la conseguirá por mucho que entrene con los Harlem Globetrotters.

Lo único que trasciende de todo ello es que el chico de Lugo abandona. Renuncia a seguir la meta que otros le marcaron y que él dejó crecer como sus piernas por si sonaba la flauta. Pero no sonó. Era imposible.

Aquella operación fue un fiasco. Algunos comentaristas tan poco versados en baloncesto como Antonio escriben entonces que ese deporte está mal organizado y que tienen que establecerse categorías. “Gigantes contra gigantes y chaparros contra chaparros”. Lo que hay que oír.

Comenta