El banquero que quiso conservar la muralla

Se cumplen los 97 años de la muerte del primer propietario de un automóvil en Lugo

RAMÓN NICOLÁS SOLER y Noriega (Ferrol, 1843) fue vecino de Lugo durante sesenta y dos años, por lo que nada hay en contra de acoplarlo como lucense, no solo por vecindad, sino también por lo mucho y variado de su contribución.

Con 17 años ya vive en Lugo, donde se convierte en contratista de obras con el éxito suficiente como para que en 1879, cuando se sacan a subasta pública las obras de las torres de la fachada principal de la catedral, le sean adjudicadas a él.

Soler es accionista del Teatro Jofre, inaugurado en 1892. El 17 de septiembre de 1893 se constituye la Cámara de Comercio, Industria y Navegación, y don Ramón Nicolás es elegido su primer presidente, aunque solo va a permanecer un año en el cargo. Durante su mandato se pone la primera piedra para celebrar la Exposición Regional de 1896.

Su actividad empresarial no cesa. Ya es presidente de la Banca Soler, en Reina 3, y propietario de la fábrica de la luz eléctrica de Lugo. También este año presenta una proposición para la subasta del ferrocarril del Ferrol a Betanzos, cuya adjudicación no logra.

En esta época hay que referirse a la debatida cuestión sobre si Ramón Nicolás Soler es o no el primer propietario de un coche en Lugo. Sus detractores afirman que no, pues al Weyher del señor Soler le corresponde la matrícula LU-5 en 1905, por lo que efectivamente hubo cuatro antes, encabezados por Ramón Alvarado y Osorio, dueño del LU-1 de 1904. Lo que pasa es que Soler ya tuvo un Daimler de bencina y con él realiza viajes por Galicia que quedan plasmados en la prensa.

El 4 de junio de 1898, varias cabeceras se hacen eco de que a las dos de la tarde de ese día llega a Ferrol “por la vía terrestre, utilizando un curioso coche automóvil construido por la casa Daimler”. Dan detalles. Sale de Lugo a las cinco de la mañana y llega a las dos de la tarde, es decir, nueve horas, a 22 km por hora.

Un año después, sale de Santiago a las seis y cuarto de la mañana y llega a Lugo a las doce. Ha rebajado tres horas en un recorrido de unos cien km. No está nada mal.

Los coches de Soler _ no se sabe si el primero, o los dos _, provocan la admiración de los lucenses y se encaraman a la posteridad en dos coplillas populares.

Entonces interviene en las gestiones para instalar una fábrica de remolacha en Galicia que finalmente se ubica en Portas, cerca de Caldas de Reis, y que tiene una efímera existencia de apenas tres años (1901-1903).

Una curiosidad, sus hijos Ramón y Nicolás rescatan un cadáver del Miño en septiembre de 1903. Pero quizás el aspecto menos conocido de Soler sea su participación en la polémica surgida el año 1905, en torno a si debe demolerse o no la muralla. Todo comienza con dos derrumbes cercanos en el tiempo.

El Regional dice que la cuestión debe someterse a plebiscito, como el Brexit, y que se haga lo que decida la mayoría. ¡Horror! ¿Y si sale que sí, que debe ser derruida? Hay cosas que es mejor no preguntarlas.

La Idea Moderna es partidaria de demoler, en contra de “los entusiastas admiradores de esa mole de cal y piedra”. El núcleo duro de los conservacionistas se parapeta en las columnas de El Norte de Galicia y lo forman Emilio Tapia Rivas, Germán Vázquez de Parga de la Riva, presidente de la Diputación, el abogado José María Montenegro y Soto, el arquitecto Nemesio Cobreros y Cuevillas y Soler, nuestro protagonista. Ya sabemos quién gana.

Soler fallece la noche del 3 de diciembre de 1922. Le sobreviven sus hijos Ramón, José, Nicolás, Fernando, Ana, Emilia, María y Carmen Soler Zubiri.

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