Gonzalo Becerra, bajo tierra todo el franquismo

Espera a vivir el 20N de 1975 para morir él, tras 40 años escondido en As Nogais

LA VIDA DE un topo es fácil de resumir. Nace, teme, se esconde y muere. En el caso de

Gonzalo Becerra Souto (As Nogais, 1910), lo fue durante casi cuarenta de los 66 años que vive, pues no le importó que tal día como hoy de 1975 muriese el hombre que le inspira tanto terror y prefiere seguir siendo topo hasta su propia muerte, sucedida poco después, el 12 de febrero de 1976.

Pero Gonzalo Becerra quiso dejar negro sobre blanco su experiencia, un conjunto de papeles manuscritos con los que hoy se puede llenar ese enorme vacío que supone en la vida de cualquier hombre apartarse de la sociedad. Creemos que esos siete kilos de material están al cuidado de la Consellería de Cultura.

Gonzalo no puede figurar en el libro que Jesús Torbado y Manu Leguineche escriben con el testimonio de estas personas, el que les da nombre a todas, Los topos. No puede porque no se hace visible y porque muere cuando Torbado y Leguineche están entrevistando a los escondidos recién aflorados.

El tema vuelve hoy a la actualidad de los medios con el estreno de la película La trinchera infinita, de Garaño, Goenaga y Arregi, que lo aborda.

Conocí la vida de Gonzalo el año 2002, cuando fuimos a rodar a San Xoán de Viladicente unas secuencias para El Grial de Ancares sobre Luis Becerra Chao, el caballero cubierto que le extrae una muela a la reina Isabel II, presa de dolores a su paso por As Nogais.

Por allí contactamos con Ramón Fernández, tataranieto de Luis y pariente de Gonzalo, que nos contó las dos historias. Una, al pie del sepulcro de Luis para ser grabada; la otra, a escasos metros de la casa de Chao, donde Gonzalo se enclaustra de por vida, para ser escuchada.

Anarquista, había sido cantero en Francia y luego conductor de un camión minero entre Fabero y Ponferrada, pero en agosto del 36 está en Viladicente con sus hermanos Manuel y Ovidio, y sus padres, José y Rufina. Es Rufina quien observa la presencia de soldados de Franco que hacen la leva entre los mozos de As Nogais y anima a los tres hermanos a escapar.

A partir de entonces, Gonzalo se adapta a vivir en un espacio excavado de dos metros cuadrados al que se accede de culo para poder salir de cara. Por la noche estira las piernas y da algunos sustos a quienes no se lo esperan. Rufina lo atiende, pero José, el padre, pena con cárcel el silencio sobre su hijo.

Ovidio crea en Madrid una empresa de transportes y Manuel, después de años de acompañar a Gonzalo, vende aparatos de radio bajo una identidad falsa. Ovidio le trae papel y novelas del Oeste, donde él puede leer relatos de grandes cabalgadas en las inmensas llanuras americanas desde su cueva de 2×2, y llevar la imaginación más allá de esa frontera infinita que ha elegido para autorrecluirse.

Los hermanos también dicen que lo suscriben al Ya _ es de suponer que con nombre supuesto _, pero el periódico de la Editorial Católica nunca llega a la casa de Chao. Vaya usted a saber por qué.

Creen probable que Gonzalo hubiese entrado en contacto con el guerrillero anarquista de San Miguel de Vilarello (Cervantes) Lisardo Gutiérrez Alba, alias Abelardo, alias Digón, que luego se une a Castro Veiga, O Piloto; pero no es del todo seguro.

La biografía de Gonzalo es la de un perdedor, pero al menos logra un pequeño triunfo, pues sobrevive a Franco dos meses y medio. Los últimos años repite como una letanía: “Está al caer, está al caer”. Y espera a oír la noticia para morir él.

La placa de su tumba recuerda su triste vida “escondido en casa de Chao”.

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