Oroza, el rapsoda que zarandea al espectador

Nace en Burela y muere en Vigo el 20N de 2015

HAY POCA UNANIMIDAD en las biografías de Carlos Oroza Fernández (Burela, 1923). Muchas lo hacen nacer en Viveiro en 1929, 1931, o en el 1933. Y lo mismo pasa con el día de su muerte, 19, 20 o 21 de noviembre de 2015. Cuando se lo preguntan a él dice que fue el año 1932 en Burela, antes de ser municipio.

Carlos y su obra fueron escurridizos. ¿Quién sabe su segundo apellido? Jamás se cita.

“Me llamo Carlos Oroza y estuve en los mapas de los precios clandestinos”.

En 1967 Blanco-Amor lo localiza en el Gijón y Carlos lo invita al recital que va a dar. Lo ve como un rapsoda “esguío, larguirucho, huesudo, pelo negro revuelto, ojos entre alocados y visionarios. Jersey rojo, sin chaqueta, sin corbata, claro, asoma entre telones y es recibido con “vivas a la libertad” (¿a cuál?) y mueras a la guerra del Vietnam”.

Está describiendo el recital que Oroza ofrece en el Colegio de Areneros, el centro de los jesuitas de Madrid, el 14 de abril de ese año. Pero ¿qué dictadura es ésta? Los jesuitas celebrando el advenimiento de la república con Carlos en el escenario y la guerra de Vietnam como objetivo predilecto. Y por si fuera poco, al final de su artículo Blanco-Amor recomienda a Oroza que se prodigue en provincias para agitarlas poéticamente, como excelente rapsoda que es. Y Franco en las berzas.

No es demasiado extraño que Jimmy Giménez-Arnau lo mate en el libro Yo, Jimmy, a pesar de que se conocían como amigos, porque Carlos fue siempre como el Hombre Enmascarado, el Espíritu que Camina, mitad Gassman, mitad Dante Alighieri. Manolo Sicart le ayuda a que camine y José María Lopez Bourio lo ve escribir a través de su ventana en una vieja casa con huerta de la calle del Sol, hoy San Froilán, detrás del prosaico cuartel de San Fernando.

Umbral le da fama de ser un toro sexual en su insignificancia física. Según él, es “un gran poeta que se salvó de la poesía oficial. Y luego está su prodigiosa manera de decir los versos. Es el único que ha devuelto la poesía a su origen sagrado y violento de la creación, de blasfemia, de luz sonora y querulante, de salmodia macho y palabra suelta, sola, perdida, reflexiva. Otra vez un rapsoda, un aeda, pero haciendo astillas la lira griega”.

Son retazos de la vida de Oroza que se quedan grabados porque llegan a los oídos con la fuerza que él da a todo lo que toca. Qué paradoja, el hombre más enclenque es también el más fuerte.

Oroza destila carácter y fue el mejor antídoto contra la indiferencia. Es imposible haber asistido a uno de sus recitales y no recordarlo toda la vida como una sacudida a varios sentidos, especialmente al del oído. Por eso, al final, podía salir a hombros del respetable que lo paseaba cual si fuese Carlos Arruza y no Carlos Oroza. ¡Torero, torero! Por algo el Pueblo Gallego se equivoca y titula a tres columnas: “Carlos Aroza”.

En 1975, antes de declinar el general, se encuentra en Pontevedra un público poco receptivo a su poema Se prohíbe el paso _ contra el Desfile de la Victoria _, y quieren lincharlo, o detenerlo, o inmolarlo.

Los amigos se las ingenian para salvarlo y es sublime ver cómo aquellos arriesgados se hacen pasar por policías antes de que lleguen los auténticos y cogiéndolo por ambos brazos se lo llevan en volandas del escenario del Teatro Malvar, como si fuesen directos al calabozo. Magnífica actuación nunca bien ponderada. Eran los hermanos Manolo y Ánxel Vázquez de la Cruz, organizadores del recital. Carlos y Franco morirán el mismo día, un 20-N, cuarenta años mediante.

Comenta