Mercedes Mariño, actriz de Ibáñez Menta

El 6 de noviembre de 1931 estrena en Madrid, A.M.G.D., el más polémico estreno de la historia del teatro español

LA VIDA LA recibe con una tragedia. Salvador, su padre, es asesinado en la parroquia de Moreda por un joven que le adeuda 30.000 pesetas cuando Mercedes Mariño (Monforte de Lemos, 1909) tiene cuatro años.

La familia se marcha a Cuba y Mercedes, que es guapa y desinhibida, comienza a subirse al escenario del colegio de las Ursulinas, pero debutará en Nueva York, con la versión que Gregorio Martínez Sierra _ o su mujer, María Lejárraga _ hace de La dama de las camelias, de Dumas.

Dicen que el público no quería abandonar la sala, el Apollo Theatre, y tuvo que intervenir la policía. No será primera vez. El éxito trae secuela, pues quieren ficharla para integrar las Ziegfeld Follies, el grupo de bailarinas, “donde sólo entran las mujeres perfectas”, en palabras de la monfortina.

Pero había que salir casi desnuda, en bataclán _ bañador escotado _, y a la madre de la muchacha no le hizo ni pizca de gracia. Cantaría La Violetera y se llevaría 750$ a la semana. No fue posible.

De ahí salta como primera actriz a la compañía de Narciso Ibáñez Menta, que estaba casado con Laura Hidalgo, su segunda mujer, y ya era padre de Chicho Ibáñez Serrador.

Con Ibáñez Menta y su repertorio de obras españolas recorre América hasta que decide dar el salto a Madrid.

Nada más llegar a España le espera un ruidoso acontecimiento, pues se prepara una obra que amenaza tormenta. El 6 de noviembre de 1931 se estrena la adaptación de la célebre novela de Pérez de Ayala, A.M.D.G. (Ad maiorem dei gloriam. La vida en un colegio de jesuitas).

El carácter anticlerical de la obra, conocido desde que se publica la novela 21 años antes, reverdece en las tertulias y genera una auténtica expectación, como si de una pieza nueva se tratase. Las localidades numeradas se venden en taquilla con bastante antelación. Las de palco, que no lo son, también se despachan muy bien antes de la fecha, lo cual no es habitual en absoluto.

La tarde del estreno Rivas Cherif decide solicitar protección policial contra posibles alteraciones del orden. A las once menos cuarto se ha llenado y sus luces se apagan para dar inicio a la obra.

El cronista afirma que antes de levantarse el telón, el público de las últimas filas de butacas y de los palcos expresan a gritos su protesta y a su vez provocan la de otros espectadores contra ellos. El actor encargado del prólogo es interrumpido y vuelven a encenderse las luces. El público, de pie, intercambia insultos y protestas. Hay bofetadas y bastonazos. El cronista ve a dos caballeros de la quinta fila que se zumban a gusto. Vivas a la República y a la Libertad se cruzan con vivas a los jesuitas y a la Religión.

Si alguno de los alborotadores es reducido por las fuerzas del orden, otros se encargan de rescatarlo. El público se comporta “a grito limpio y a puñetazo sucio”, cuentan los reporteros, críticos de teatro reciclados a la fuerza en cronistas de sucesos.

Hay butacas que pierden su forma y pasan a la categoría de astillas. Hay 70 detenidos y uno porta llave inglesa.

Cuando se restablece la calma pueden escucharse los tres últimos cuadros, que son recibidos con grandes aplausos.

Mercedes sale bien parada. Dice la prensa que los combatientes “depusieron su afán de ejercitar el músculo y prestaron atención a la escena en la que interviene”.

Después de una vida de triunfos, a Mercedes Mariño la echan del Café Gijón, porque allí no puede entrar con su perrita Mila, de la que ella no se separa.

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