La muy comentada caída de Fray Plácido

El 30 de octubre de 1867 nace en Lugo P. Ángel Rey Lemos, designado obispo de la ciudad en diciembre de 1919

LA PRIMERA NOTICIA que recibe la ciudad, entrado el mes de septiembre de 1927, es que su obispo, de visita ad limina Apostolorum en Roma, ya no lo es, puesto que ahora Fray Plácido Ángel Rey Lemos (Lugo, 1867), es arzobispo de Pelusio, una antigua sede episcopal egipcia, cristianizada del dios Amón _ Per Amón _, ya desaparecida y usada únicamente como título honorífico sin territorio ni cometido alguno.

¿Qué ha pasado? El preclaro obispo franciscano, intelectual, querido y admirado por su fieles, que a la vez son sus paisanos; el predicador y devoto Rey Lemos, el Mella Franciscano, ha sido laminado de raíz y relegado a una dignidad, superior sí, pero huera como faltriquera de estudiante.

Se dice también que volverá a Lugo, pero ya como arzobispo de aquel ignoto Pelusio, y que se establecerá en Roma, cerca del Vaticano, ¿haciendo qué?

Quizás es la manera de comunicar la defenestración, pero lo cierto es Fray Plácido sale de Lugo en tren con dirección a Zarauz, hasta su muerte el 12 de febrero de 1941, cuando es enterrado en el convento de Nuestra Señora de Aránzazu, y no en Lugo, como demanda la jurisprudencia episcopal.

Las consecuencias son de esperar. Su fulminante caída es la comidilla de la ciudad el resto del siglo, y aún lo sigue siendo hoy en la medida en que nada certifica la verdadera causa, o conjunto de ellas, que llevan al Vaticano a actuar de esa forma.

El biógrafo más cercano a Fray Plácido, el compañero de orden franciscana Manuel Blanco Castro, señala sin ambages como alentadores de la conspiración a tres religiosos de aquellos años que dura su mandato, entre 1919 _ este mes de diciembre hace un siglo _, y 1927.

Son, a saber, el sacerdote de Triacastela Hilario Pardo Neira, canónigo-secretario de Cámara de la catedral y profesor de Teología, a quien tilda de presuntuoso. Se tiraba en el suelo rodeado de libros y entraba en clase como un emperador. Pardo Neira presume de ser él el obispo y es el hombre que lo acompaña a Zarauz en tren.

El segundo es Teolindo Gallego, de O Incio, rector del Seminario y un cacique redomado, según Blanco. Compañero de carrera de Fray Plácido, le profesaría por ello una envidia corrosiva.

La tercera pata para el banco es el padre Miguel María Barraincúa, provincial de los Franciscanos, director espiritual y amigo de Teolindo Gallego; unidos los tres por las envidias y los resentimientos.

Blanco Castro emite su particular juicio al respecto: “Gozó de la admiración de tres papas, y fue consultor de varias congregaciones vaticanas. Pero quizás no tenían que haberlo hecho obispo. Era un hombre de fe, de estudio, de ciencia… Pero dependió de unos irresponsables para el manejo de asuntos de la diócesis”.

Capítulo aparte, si estos tres personajes son los que ejercen de fiscales, es conocer cuáles fueron los cargos esgrimidos en contra del obispo. La acusación, formada por rumores y comentarios sin otro sustento, incluye las malas relaciones con sus compañeros de la Orden Franciscana, asuntos de administración y economía, y la parte más sustanciosa para tertulias y mesas camillas, cual es la posible familiaridad del señor obispo con jóvenes cercanas a instituciones de la Iglesia, o a asociaciones de su ámbito.

Estas especulaciones dan origen en 2013 a un abundante cruce de comentarios en El Blog de Paco Rivera, donde permanecen. Hemos fijado la vista en el punto final de su obispado. Obvio es decir que la biografía del Mella Franciscano no está escrita aquí.

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