Una tercera vía para la muerte de Francisco de Fientosa

Hace 85 años, el poeta es testigo de la muerte de su cuñada en plena Revolución de Asturias

ES CIERTO QUE los dos bandos contendientes en la Guerra Civil española responsabilizan al contrario de la muerte de Francisco Vega Ceide, Francisco de Fientosa, (Castro de Rei, 1912). Los dos no pueden tener razón, aunque los dos sí pueden estar equivocados en el caso de que los asesinos de Vega Ceide actuasen por otras razones.

A continuación se van a exponer datos y circunstancias previas a la muerte del Lorca chairego, que bien se desconocían, o que se ocultaron intencionadamente para inclinar las versiones hacia uno de los platos de la balanza.

El 8 de octubre de 1934, hace 85 años, Francisco se encuentra en Oviedo, donde ha estudiado Magisterio con matrícula de honor en todas las asignaturas, por estar allí el domicilio de su hermano César, que al final de la guerra será capitán del Regimiento de Zamora, y su cuñada Lutgarda Díaz Álvarez.

Ese día, en plena revolución de Asturias, se ordena el incendio del Palacio Episcopal de Oviedo y las llamas alcanzan a otros edificios de la calle de Santa Ana.

Por las inmediaciones patrulla un grupo de revolucionarios al mando del dependiente de comercio Jesús Argüelles Fernández, alias el Pichilatu. Medio centenar de personas salen de esos edificios y piden permiso para escapar del fuego. Los revolucionarios les dicen que avancen las mujeres y los niños, pero que los hombres lo hagan con los brazos en alto. Al llegar a la casa del marqués de Mohías, Pichilatu ordena a sus escopeteros que abran fuego contra el grupo de civiles, con el resultado de ocasionar ocho muertes, una de las cuales es Lutgarda Díaz de Vega, la cuñada del joven poeta, que es testigo de la escena.

Hasta el 20 de diciembre no se celebra en Castro de Rei la función religiosa por el alma de Lutgarda y entonces Francisco escribe en El Progreso una sentida necrología de su cuñada, “brutalmente asesinada, sin que le pudiéramos decir adiós con aquella sonrisa con que siempre la despedíamos”.

Estamos en los días previos a la celebración del consejo de guerra contra Jesús Argüelles, Pichilatu, por los sucesos del 8 de octubre. Francisco Vega Ceide es testigo del mismo y en su declaración identifica claramente al acusado como el hombre que ordena abrir fuego, por si quedaba alguna duda de su criminal proceder.

Pichilatu es condenado a muerte, y aún hoy es el día en la masacre ordenada por él en plena calle se narra como si fuese la acción de un pelotón de fusilamiento.

Las organizaciones próximas a los revolucionarios tratan de salvarle la vida y entre otras gestiones cerca de las autoridades de la República, contactan con Melquíades Álvarez, que no puede, o no quiere, mediar a favor de Argüelles.

Según se dijo en su momento, se dirigen al político conservador asturiano por ser éste el padre del acusado, a quien tiene en una relación extramatrimonial.

De la misma forma, se especula con que la entrada en la cárcel Modelo de Madrid por parte de milicianos anarquistas y el posterior fusilamiento de varios presos, entre ellos Melquíades Álvarez, no es un hecho casual, sino una ejecución organizada por los asturianos para vengar la muerte de su hijo Pichilatu por no haberlo salvado de su condena.

Algo parecido ocurre en el caso del general Eduardo López Ochoa, hospitalizado en 1936 y arrastrado de la cama para ser asesinado y decapitado en represalia por sofocar la Revolución de 1934.

Vega Ceide desaparece en noviembre del 36 en la Aravaca republicana. ¿Fue su muerte otra venganza por la muerte del Pichilatu?

Un comentario a “Una tercera vía para la muerte de Francisco de Fientosa”

  1. ELSA BEATRIZ VEGA

    Con gran asombro leí su comentario acerca de la muerte de mi tío Francisco Vega Ceide. Hace unos días,después de conocer su artículo le escribí para indagar cómo usted había llegado a la misma conclusión que esta practicante de “investigadora”
    cuyo deseo era rastrear la vida de este poeta a través de periódicos de la época,
    muy convulsionada, por cierto,en que le tocó vivir y morir.
    Quizás sea demasiado solicitarle que me escriba para conocer los fundamentos de su investigación, que extrañamente, coincide con lo que en su momento envié a mi amigo, Ricardo Polin, y que fue fruto de mis indagaciones.
    Reciba mi cordial saludo.

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