M. Manuela de Cora, en busca de la prehispanidad

Recuerdo de la escritora de Lugo en torno a la celebración del Día de las Tribus Indígenas

POCOS LIBROS SE habían escrito en 1957 sobre mitología precolombina de América hasta que María Manuela de Cora Reixa (Lugo, 1915) sorprende al panorama editorial con Kuai-Mare. Mitos aborígenes de Venezuela, aparecido en la editorial madrileña Oceánida y que tendrá una segunda edición al otro lado del Atlántico, en Monte Avila Editores de Caracas el año 1972.

La razón es fácil de comprender. La única forma de abordar ese trabajo es hablar directamente con los pueblos y tribus que mantienen comunidades en las selvas, rescatar relatos de los misioneros e interpretar los petroglifos, pues en muchos casos las tribus ya han sido absorbidas por los criollos, o no existe contacto con ellas, como es el caso de los motilones.

María Manuela de Cora une su nombre al de otros pioneros en ese trabajo, como Humboldt, Arístides Rojas o Koch-Grünberg, aunque el suyo es quizás el más asequible para un lector actual no especialista.

María Manuela es hija de José de Cora y Lira y de Joaquina Reixa y Puig, fuertemente vinculados a Viveiro y sobrinos del general auditor de la Armada, Jesús de Cora y Lira.

Ella y su hermano Jesús se trasladan a Madrid debido al trabajo de su padre, oficial de Telégrafos. Por esa circunstancia pasará la guerra en la capital, cuando tiene entre 21 y 24 años.

Esa experiencia se transforma en el libro titulado Retaguardia enemiga (Madrid. Ed. Altalena, 1984), donde a través de su experiencia y de seis relatos de otros tantos protagonistas consigue un relato muy recomendable para quienes hablan de ese período con muletillas impuestas.

Mucho antes, en 1952, había marchado a Venezuela, tras su matrimonio con el funcionario de la ONU Rafael Rodríguez Delgado. Su vocación de escritora la lleva a

colaborar en El Universal, de Caracas; periódico del que será corresponsal en la India. También en Páginas, Diario de Occidente, de Maracaibo y El Mercurio, de Santiago de Chile.

En ese país ejerce como corresponsal de la revista Índice, de Madrid, donde colabora con asiduidad. Durante su estancia en Nueva York es profesora de español en la Spence School y en las Naciones Unidas. También mantiene una colaboración sobre temas hispanos en la emisora neoyorkina Riverside Radio.

María Manuela relata a Ángel de la Vega que el libro se le ocurre tras leer en una revista científica un mito de los indios maquiritare y se entusiasma con “una selva poblada de espíritus y de fantasmas, de tigres que hablan y de tapires y cóndores que se unen a los hombres en matrimonio”.

El periodista le pregunta cómo fue capaz de captar los misterios de la selva, y la escritora responde que cazó caimanes en las bocas del río Aroa, “porque para imaginarse mejor a los espíritus del bosque hay que haber sentido el misterio bajo aquellos enormes árboles que forman túneles sobre el río, y haber oído, en el silencio de la noche tropical, la respiración de los tigres acudiendo a beber al caño”.

En 1957 existen en Venezuela una treintena de tribus. Como los guaraunos, que creen en seres fabulosos que habitan el fondo de los ríos. Los kamarakotos, arekunas y taurepanes, situados al pie del monte Roraima, piensan que allí se ocultan los malos espíritus; los yaruros se imaginan una tierra sagrada, más allá de su horizonte, a donde han de ir después de muertos y a la que nunca podrá llegar el hombre blanco.

Con los motilones sólo hay contacto mediante un avión que les arroja víveres y telas. ¿Qué dirán sus leyendas sobre el pájaro de hierro?

Comenta