Baño triunfa en los negocios a poco de emigrar

El de Xove financia el homenaje del municipio a su pariente Tomás Mariño en septiembre de 1921

FRANCISCO BAÑO (XOVE, 1850?) es uno de los fundadores de la ciudad argentina de Necochea, convertida hoy en un enclave turístico que atrae a miles de veraneantes, con una población similar a la de Lugo.

Francisco y su hermano Maximino salen de Xove todavía adolescentes. Habían nacido en la misma casa donde lo hace otro ilustre hijo del municipio, su pariente Tomás Mariño Pardo.

En 1881, cuando se lleva a cabo la fundación de Necochea, Francisco ya es todo un personaje dentro de la pujante sociedad argentina. El nombre de la ciudad rinde homenaje al general Mariano de Necochea, colaborador de San Martín en las guerras de independencia.

Entonces Francisco ya ha ingresado en la masonería argentina dentro de la logia El Sol Argentino del Valle del Quequén.

Cuando los fundadores se enfrentan al diseño de la futura ciudad, se determina situar el centro administrativo y social a más de tres kilómetros del mar, una decisión adoptada por Baño, ya que se pretendía ubicarlo en la misma línea de costa, y el de Xove sugiere separarlo, “para evitar las molestias constantes que los médanos y el viento podían causar”, según relata en su libro “Horas perdidas” (Buernos Aires, 1920).

En reconocimiento, se le asigna a Baño el honor de plantar la primera bandera de la fundación, que deja un reguero de símbolos masónicos en la ciudad, perfectamente reconocibles hoy, pues masones eran casi todos los fundadores.

Baño será uno de los directores del Banco de España y América, y el primer presidente del Centro Hijos del partido de Vivero, en abril de 1909. Aproximadamente en esas fechas, su hermano Maximino es nombrado vocal de la Sociedad Argentina de Créditos, o Banco de Descuentos, fundado casi sólo con capital español. En 1908 decide denominarse Banco de Castilla y Río de la Plata.

Años después, Baño conoce los pioneros trabajos de su paisano y pariente Tomás Mariño en torno a la solución de los problemas de la navegación aérea, cuarenta años antes de las aportaciones de Zeppelin.

Baño vibra de entusiasmo y decide poner todo de su parte para que la gesta de Mariño no quede en el olvido. Habla con Manuel Insua Santos, el descubridor de los textos de Mariño, y juntos deciden publicar el trabajo en el Heraldo de Vivero, financiar una placa conmemorativa en la casa natal de Mariño y entregar ese manuscrito al Archivo Regional de Galicia.

Baño no solo lo financia, sino que se desplaza a Galicia para supervisar y participar en los homenajes, siempre en un discreto segundo plano.

Las palabras que pronuncia en Xove el día en que se inaugura la placa nos descubren a un Baño cautivado por el mundo del conocimiento, y como es habitual en esa época, espiritista y admirador de capacidades humanas todavía semiocultas, como la telepatía:

“Eso que los espiritistas llaman espíritus que vagan por los espacios, y que encarnándose en la materia inspiran al hombre y dirigen sus actos; como asimismo ese otro que algunos sabios denominan casos de telepatía, no son ni más ni menos, señores, que los pensamientos, que, sin el invento de Volta y Marconi, corren de un extremo a otro sin respetar distancias”.

Quizá los asistentes al acto no supieron analizar con exactitud qué les decía su paisano de Necochea, pero Baño hablaba en clave espiritista y masónica, incapaz de sustraerse de hacerlo aunque tuviese delante a todos los párrocos de los contornos, de Cervo a O Vicedo.

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